Primero fueron a por los comunistas, y yo no dije nada por que no era comunista.

Luego se llevaron a los judíos, y no dije nada porque yo no era judío.

Luego vinieron por los obreros, y no dije nada porque no era ni obrero ni sindicalista

Luego se metieron con los católicos, y no dije nada porque yo era protestante.

Y cuando finalmente vinieron por mí, ya no quedaba nadie que pudiera protestar.

Martin Niemöller

Los ciudadanos del llamado «mundo occidental» vivimos en un entorno aparentemente estable, en donde nuestra vida, a grandes rasgos, suele estar perfectamente organizada y hasta, de un modo u otro, predeterminada.

Vivimos en una sociedad que se ha convertido en una enorme cadena de producción, en la que todo (la cultura, el conocimiento, la salud, los sentimientos etc.) ha sido mercantilizado y orientado al trabajo, la productividad y el beneficio.

La riqueza y los medios de producción de esos países están concentrados en una serie de empresas e individuos, con frecuencia organizados en poderosos grupos de presión, que influyen en gobiernos y organismos supranacionales, convirtiendo la esencia de la democracia en una mera caricatura. Son grupos económicos, de los que apenas se tiene conocimiento, que marcan la geopolítica mundial, influyendo en las decisiones de los gobiernos y cuya finalidad es la continuidad de un esquema de relaciones sociales basado en la injusticia y la desigualdad y que no dudan en propiciar conflictos locales para perpetuar un sistema perverso en si mismo que sólo beneficia a una elite preocupada solamente en acumular poder y riqueza.

Esa dinámica llega también a muchos medios de comunicación que conforman una opinión pública cada vez menos crítica y dispuesta a aceptar el perveso intercambio propuesto entre libertad y seguridad. Sin saberlo, en nombre de la seguridad, somos observados, vigilados, controlados. Dócilmente, estamos aceptando renunciar a nuestra libertad por una falsa propuesta de seguridad. Nos han convertido en ciudadanos encarcelados en nuestro miedo.

Las omnipresentes redes sociales, conveniente y sutilmente manipuladas han propiciado el avance de las noticias falsas y el pensamiento acrítico. Cualquier individuo o grupo se ha convertido en un pequeño medio de comunicación de gran alcance, que sin capacidad, criterio ni voluntad alguna de analisis, es capaz de expandir rumores y «fake news», ofrecer soluciones fáciles a problemas complejos, que plantean el mundo y la sociedad en términos de blanco o negro, bueno o malo, o conmigo o contra mi y que influyen en una opinión pública, cada vez más alienada, que acaba aceptando esos mensajes sin crítica, llegando, incluso, a decantar el voto del ciudadano.

La religión ha devenido en un eficaz sistema de control de los ciudadanos e introducir en sus mentes dogmas que han de ser observados so pena de sufrir la ira divina. Nuestros sistemas educativos minimizan o eliminan los estudios humanísticos, como Filosofia o Historia, y educan individuos que no conocen su pasado y que, en consecuencia, se verán abocados a repetir los errores de sus padres y de sus abuelos. Surgen así, nuevas generaciones que desconocen las ideas de los grandes pensadores de la Humanidad y que, en consecuencia, carecen de criterio propio. De este modo son campo abonado para que determinados medios introduzcan en personalidades con poco criterio aquellas ideas que favorezcan los intereses de las clases dirigentes y los conviertan en elementos adaptados a la cadena productiva. Y es así, como el elemento más preciado de la democracia, nuestro voto, pierde su valor y, sin necesidad de implantar una dictadura formal, nuestra sociedad avanza hacia un sistema en el que los derechos y las libertades civiles se están reduciendo a la mínima expresión. Es una lucha larvada y silenciosa, de la que pocos son conscientes y que a pocos les preocupa y cuyo final puede llegar a ser siniesto.

Y asi, día tras día, de forma subliminal, en todos los mensajes que recibimos, se nos intenta convencer que no hay opción, que no existe alternativa alguna a ese pensamiento único y que lo conveniente es cambiar libertad por seguridad.

Desde DogmaCero denunciamos esta manipulación y afirmamos que otro mundo es posible, que hay que cuestionarse la información que recibimos, que hay que ser críticos con nuestros gobiernos y con nuestro sistema, que hay que controlar a quienes ejercen el poder delegado por el ciudadano y pedir que rindan cuentas.

Desde las fronteras de la ciencia, en Dogma Cero afirmamos que solo el conocimiento nos hará libres y que esa libertad cambiará el mundo. Pero, no nos engañemos, es una libertad que, una vez más, habrá que ganársela.

David Alvarez-Planas
Editor de DogmaCero