Montserrat es un enclave mítico: la montaña sagrada de Catalunya.

No en vano, Reichsführer-SS, Heinrich Himmler visitó la abadía benedictina de la montaña de Montserrat en octubre de 1940, en plena II Guerra Mundial. Su objetivo: localizar el Santo Grial que, según los especialistas de la Ahnenerbe, podía estar en el “Mont Serrat”, que identificaban con el Montsalvat que se menciona en Parsifal, aunque otros buscaron (y siguen buscando) el “cáliz sagrado” en las ruinas de Montsegur, en el Pirineo francés.

Pero más allá del mito griálico, la montaña de Montserrat es identificada por algunos estudiosos como un auténtico templo de piedra, un mensaje dejado por una antiquísima civilización perdida.

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Las extrañas figuras de un mundo perdido

por David Alvarez-Planas

acambaro

Acámbaro es una ciudad de unos 55.000 habitantes situada en el estado mejicano de Guanajuato a apenas 300 km al noroeste de México DF.

En julio de 1945, mientras efectuaba un paseo a caballo por las afueras de la ciudad, el comerciante de origen alemán Waldermar Julsrud, que contaba en aquel entonces 69 años, descubrió unos fragmentos de cerámica aparentemente antigua que las recientes lluvias habían dejado desenterradas. Siendo como era un apasionado de la arqueología, Julsrud ordenó a un albañil del pueblo, Odilón Tinajero que con algunos trabajadores, inspeccionara la zona en busca de otros restos antiguos.

Se inicia de este modo uno de los hallazgos más fascinantes y controvertidos del último siglo. Entre 1945 y 1952, Tinajero y sus hombres ponen al descubierto más de 33.000 objetos que representan figuras humanas de diversas razas que en ocasiones parecen luchar con criaturas que recuerdan a los dinosaurios. ¿Dinosaurios? La ciencia nos dice que los dinosaurios desaparecieron de la faz de la Tierra hace 65 millones de años, mucho antes de que el primer ancestro de los hombres bajase siquiera de los árboles. Una nueva herejía estaba servida.

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por Xavier Bartlett

Introducción

Lamentablemente, la historia de la ciencia está llena de episodios oscuros de intransigencia, dogmatismo y acoso hacia ciertas opiniones minoritarias que no encajaban con lo que dictaba la ortodoxia del momento. El ámbito concreto de la historia y la arqueología no ha sido ajeno a este tipo de actitudes persecutorias, generalmente orientadas a desacreditar los trabajos de los investigadores independientes, también llamados outsiders. Sin embargo, esto sólo es una parte de un escenario mucho más amplio, que nos lleva a considerar que de hecho hay muchos más trapos sucios dentro de la propia institución científica.

Por supuesto, tales trapos muy raramente salen a la luz más allá de unos círculos muy restringidos, o sea, más o menos en el ámbito de los propios afectados. Todo lo más, se tiene noticia de la existencia de algunas personalidades o corrientes minoritarias que en su momento propusieron cosas quizá demasiado “arriesgadas” y no obtuvieron el apoyo de sus colegas y por tanto quedaron fuera del consenso científico, que de hecho no es más que un punto común de acuerdo, en modo alguno una verdad científica absoluta. En todo caso, en la universidad, al igual que en la escuela, se ofrece la versión estándar de la mayoría y todos aquellos que quedaron fuera del paradigma por diversos motivos simplemente no son citados; es como si nunca hubieran existido.

Ahora bien, dicho esto, no estamos ante una simple cuestión de quedarse al margen por ir a contracorriente. Evidentemente, la ciencia va ampliando horizontes y muchos conocimientos pueden resultar erróneos o quedar obsoletos por diversos motivos y por tanto se van quedando atrás. Admitiendo esta premisa, debe quedar claro que no se trata exactamente de esto; más bien estaríamos hablando de la aplicación de un patrón de pensamiento único que anula sistemáticamente determinadas visiones que no concuerdan con el marco teórico establecido. Esta situación fue perfectamente descrita en el libro de Michael Cremo y Richard Thompson Forbidden Archaeology (“Arqueología prohibida”), una obra alternativa que –a pesar de sus muchos prejuicios, errores y carencias de todo tipo– puso de manifiesto que cierta parte de la investigación arqueológica de los últimos 150 años fue condenada al ostracismo por contrariar las tesis imperantes, sobre todo en lo referente al evolucionismo darwiniano.

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Craneo alargado del Museo de Paracas (Foto David Alvarez-Planas)

Por Xavier Bartlett

Introducción

Desde hace ya tiempo la arqueología nos ha revelado la existencia en el pasado de ciertos individuos con cráneos que –como poco– podríamos calificar de muy inusuales. No se trata exactamente de la típica dolicocefalia, rasgo común en muchas personas aun en la actualidad, sino de cráneos extraordinariamente alargados (o abombados hacia atrás) que se salen de los parámetros habituales. La arqueología y la antropología convencionales han explicado la existencia de tales cráneos en el marco de una antigua costumbre de diversos pueblos primitivos de alargar artificialmente el cráneo mediante la aplicación de un entablillado[1] en los niños pequeños, de tal modo que según va creciendo la criatura, el cráneo –sometido a fuerte presión– se ve forzado a tomar una forma marcadamente achatada o alargada. Esta práctica estuvo extendida en diversos puntos del globo hasta épocas muy recientes, desde el Congo (África) hasta la Melanesia, en el Pacífico.

Hasta aquí podríamos decir que “todo normal”, pero lo que ocurre es que varios autores alternativos han señalado que, aun reconociendo que este fenómeno cultural existe desde hace siglos y no admite discusión, en muchos casos de cráneos hallados en antiguas tumbas, el volumen craneal es espectacularmente más grande que el del Homo sapiens normal, hasta el punto de poder hablar de cabezas cónicas. Dicho de otro modo, el entablillado puede modificar la forma original del cráneo pero no aumentar su tamaño, esto es, no justifica que éste tenga un volumen bastante superior al habitual.

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La noticia fue dada a conocer por Frederic Gio Dog el director de la misión conjunta franco-egipcia que encontró unos silos que contenían huesos de animales y herramientas de cerámica y piedra en la zona de Tell al-Samara en la provincia de El Dakahlia, a unos 145 kilómetros al norte de El Cairo.

Los restos hallados confirman la presencia de asentamientos humanos hacia el 5000 aC. es decir, unos 2.500 años antes de la construcción de las pirámides de Gizeh, según la datación oficial y revelarían la presencia de una comunidad de la que no se tenía conocimiento alguno hasta la fecha.

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