Por David Álvarez-Planas

En mayo de 1981, (hoy se cumplen 40 años) la convulsa sociedad española, todavía no recuperada del intento de golpe de estado del 23 de febrero de ese año, despertó con el anunció de una nueva amenaza, esta vez en forma de enfermedad desconocida que amenazaba convertirse en una pandemia de proporciones imprevisibles.

Al principio se habló de una enfermedad de origen desconocido que se transmitía por vía respiratoria. Algunos la identificaron con una “neumonía atípica”, otros con la legionella. Finalmente, la versión oficial fue que la causa de esa epidemia que, a día de hoy, se estima que causó unas 1.000 víctimas y alrededor  de 50.000 afectados, fue un envenenamiento debido al aceite de colza adulterado, pese a que algunas víctimas nunca habían ingerido aceite de ese tipo y otras muchas personas que sí lo habían hecho –y en cantidades importantes-  nunca enfermaron. Esta es la cronología de una auténtica y real conspiración para ocultar la verdad, una verdad inquietante que cuando se conoce nos revela que, en ocasiones, los ciudadanos somos meras marionetas en manos de inconfesables intereses.

El 1 de mayo de 1981 Jaime Vaquero, un niño de ocho años moría mientras era trasladado en ambulancia desde el domicilio de su familia en Torrejón de Ardoz a un hospital de Madrid. Jaime era el único hijo de una familia de siete hermanos que hasta entonces no había enfermado. Tres días después los muertos eran ya cuatro. En los días siguientes, los hospitales madrileños se llenaron de enfermos aquejados de síntomas que configuraban un síndrome hasta entonces desconocido. La prensa de la época da la señal de alarma y los “telediarios” de Televisión Española inician sus emisiones con titulares cada vez más inquietantes.

El 10 de mayo, el por entonces Secretario de Estado de Sanidad el Dr. Luis Sánchez Harguindey hace un llamamiento a la calma: “El incremento de casos de neumonía atípica en Madrid es preocupante, pero no es alarmante”. Lamentablemente, como reconocen los especialistas, llamar “neumonía atípica” a la supuesta enfermedad es una confesión abierta de que no se tiene ni idea de lo que ocurre:

“No existe ninguna enfermedad que se llame neumonía atípica. Bajo esta denominación se conocen enfermedades que tienen muchos síntomas pero ningún cuadro clínico definido, pero siempre hay lesiones en el pulmón”[1]

La señal de alarma ha saltado ya a nivel internacional y las autoridades sanitarias reconocen que mantienen contacto permanente con la OMS y los CDC[2] mientras buscan desesperadamente el origen de la misteriosa enfermedad sin que se llegue a resultado alguno. A la desesperada y, con frecuencia, rozando el ridículo como parece ser la norma en los políticos españoles (la cosa viene de largo), se suceden declaraciones a la prensa intentando mantener la calma entre la opinión pública.

El 21 de mayo, el Ministro de Sanidad D. Jesús Sancho Rof en la primera rueda de prensa desde el comienzo de la epidemia (y habían pasado ya 20 días) declara que el causante de la “neumonía atípica”: “Es un bichito tan pequeño que si se cae se mata…” y añade con una despreocupación que roza la desfachatez: “Es menos grave que la gripe. Nos preocupa más la psicosis colectiva que se ha creado que la propia enfermedad”.[3] Sin embargo, la gran preocupación que tenía el gobierno de UCD en aquellas semanas previas al inicio de la temporada veraniega era que los turistas extranjeros no eligieran España como su destino de vacaciones y por eso afirma que se ha enviado un telegrama a la Organización Mundial de la Salud indicando que la situación no es grave “y no justificaría una modificación de los proyectos de viaje”.[4] Ese día ingresaron en los hospitales de Madrid 120 personas aquejadas de la extraña enfermedad.

El ministro (1981) Sancho Rof (derecha) junto a Carlos Ferrer-Salat (1931-1998)

Oficialmente, nadie sabía qué era lo que mataba ni cómo se transmitía. Al principio se decía que podía tratarse de “legionel·la gormani” y se relacionó con los primero casos aparecidos en Harrisburg (Estados Unidos) en 1976. Desde las instancias oficiales se insistía en que se trataba de meros casos de neumonía…  “atípica” pero neumonía al fin y al cabo. El Secretario de Estado para la Salud, poco antes de la conferencia de prensa del ministro Sancho Rof, reúne a los alcaldes de Móstoles, Leganés, Getafe, Alcorcón, Torrejón de Ardoz, San Fernando de Henares, Fuenlabrada y un representante del ayuntamiento de Madrid y les habla del “micoplasma” una bacteria que no sería sensible a los antibióticos. ¿De dónde sale esa idea? Al parecer es el Dr. William Baine, un epidemiólogo de los CDC, que se hallaba en Italia y que recibió el encargo de desplazarse hasta Madrid el que llega a esta conclusión. No es una teoría pacífica. El Dr. Wilson, especialista en enfermedades infecciosas de la «Clínica Mayo» es de la opinión que “seguramente se trata de un virus desconocido”[5]

Pasan los días y la enfermedad, que parecía confinada en Madrid y sus alrededores, se extiende a otras zonas de la península: Castilla, León, Andalucía. A finales de mayo, según los datos oficiales, se han producido 23 muertes y 4.313 afectados. El desconcierto es total.

En medio de toda esta situación, el 3 de junio responsables de la Seguridad Social comunican a la prensa  que ésta lleva cientos de millones de pesetas gastados por culpa de la “neumonía atípica”.

 

Distribución de geográfica de los casos reportados de Síndrome Tóxico

 

De pronto, el día 10 de junio, en la última edición del telediario que emitía la primera cadena de TVE alrededor de la medianoche, se da una noticia que deja sorprendido a todo el mundo: “La causa que ha producido la llamada neumonía atípica podría radicar en un aceite adulterado vendido de forma ambulante, sin etiqueta y, por tanto, sin ningún control sanitario”[6] ¿Qué había sucedido? ¿Cuál había sido el proceso que de forma tan, aparentemente, repentina, llegó a las autoridades sanitarias a efectuar este anuncio? ¿Cómo se había pasado del desconcierto casi absoluto a la certeza cerca del origen de la extraña enfermedad? Lo más sorprendente era que ese mismo día, a las 19 horas, el Ministerio de Sanidad había informado a la prensa que seguía sin haber novedades en la investigación sobre las causas  que estaba provocando.

Se considera que el padre de la teoría del aceite de colza desnaturalizado como culpable de haber provocado el Síndrome Tóxico fue el Dr. Juan Manuel Tabuenca, pediatra y en aquella época director en funciones del «Hospital Infantil Niño de Jesús” de Madrid desde hacía tres meses, que había estudiado los hábitos alimenticios de 100 niños ingresados en ese hospital, llegando a la conclusión de que “prácticamente el cien por cien de los niños enfermos habían ingerido el aceite tóxico”[7]

El pediatra Dr. Juan Manuel Tabuenca (1931-2018)

El origen y el proceso seguido hasta llegar a ese “descubrimiento” lo explicaba el propio Dr. Tabuenca en una carta dirigida el día 9 de junio de 1981 al Ministro de Trabajo, Sanidad y Seguridad Social D. Jesús Sancho Rof en la que explicaba los pasos seguidos por él y su grupo de médicos del «Hospital Infantil Niño Jesús” hasta llegar a esta conclusión. Sorprendentemente, Tabuenca reconoce explícitamente en su carta:

“Hasta el momento debo hacerle constar que no poseemos la prueba definitiva del hallazgo del tóxico en el aceite, ni en la sangre, u otras muestras biológicas de los enfermos, ni los resultados de la encuesta en sanos, ni resultados valorables de la experimentación animal”[8]

Al día siguiente, el Dr. Tabuenca se desplaza hasta el Ministerio para entrevistarse con el ministro Sancho Rof.

 

“Tengo la prueba –le dice- un aceite, el aceite de colza es el causante, porque tengo un bebé en mi hospital con los síntomas típicos y siempre cuando el bebé lloraba su mamá le daba una cucharadita para calmarlo. Esto era lo único que no encajaba en su dieta”[9]

Sin embargo, esta afirmación fue desmentida por la madre de la niña -pues el bebe al que se refería el Dr. Tabuenca en su afirmación era una niña-  en una posterior conversación mantenida con los autores de “El  Montaje del Síndrome Tóxico”.

El ministro está indeciso pues las pruebas en las que se basa esta conclusión le parecen escasas. Así que, al día siguiente, Tabuenca redacta una nueva carta, eta vez dirigida al Secretario de Estado para la Sanidad, que entrega a las 20 horas del día 10 de junio..

“Querido Secretario de Estado:

Le comunico que el resultado de la encuesta realizada entre sesenta enfermos de neumonía atípica es que toman aceite a granel de vendedores o mercados ambulantes al 100%. Todos ellos niños.

De cincuenta encuestados sanos, toman el 6,4% (de las consultas quirúrgicas)

Me acaban de comunicar del laboratorio que encuentran en todas las muestras del aceite, acetil anilida, substancia cuya toxicidad y mecanismos tengo que estudiar y comprobar.

Mañana, sin embargo, se continuarán estudiando estos datos en sangre ya que sería decisivo comprobar la presencia de esta u otras substancias.

Parece tratarse de un aceite muy mezclado y de baja calidad, no tiene marca y todos ellos de venta ambulante exclusivamente, no parece, en principio, que pudiera tener aceite mineral.

Lo que le comunico con cordial afecto.

Madrid, 10 de junio de 1981

Juan Manuel Tabuenca Oliver”[10]

Se estima que fueron unas 50.000 personas las afectadas por el Síndrome Tóxico, muchas de ellas, con terribles secuelas que les acompañaron toda la vida

Sorprendentemente, con tan pocos elementos y con unas pruebas tan endebles, la Dirección General de la Salud emite una nota a la prensa en la que se apunta a los aceites a granel como los culpables de la “neumonía atípica”. Ya en aquel momento y según señalaba el diario El País, en medios sanitarios se dudó de que el origen de la extraña epidemia fuera ese.

Pese a todo, el 17 de junio de 1981, el Ministro de Sanidad declara de forma oficial que el aceite de colza desnaturalizado es el causante de la enfermedad. Ese aceite presuntamente tóxico era comercializado en garrafas de cinco litros a través de la venta ambulante. Pero al ministro le crecen los enanos. El 18-6-81 el diario El País publica unas declaraciones del Director General de la Salud Pública, Dr. Valenciano en las que dice claramente que “La toxicidad producida por los productos encontrados en el aceite no suele ser el cuadro que estamos viendo en la neumonía atípica, por lo que hay que seguir buscando”.[11]

Se estima que el llamado Síndrome Tóxico causa la muerte de más de 3.000 personas. Cuarenta años después, sus afectados han caído en el olvido, aunque siguen presentes en la red: https://plataformaseguimosviviendo.blogspot.com/

Pero la línea de trabajo está ya trazada, a partir de este momento, los esfuerzos de la administración española se van a centrar en encontrar las pruebas que confirmen la hipótesis de que el aceite de colza adulterado con anilinas y anilidas y, en algunos casos, con otras sustancias químicas era el culpable de la epidemia, descartándose cualquier otra línea de investigación. Conviene aclarar que, pese a la tozudez de la administración en apuntar a esta sustancia como la culpable del Síndrome Tóxico, las investigaciones llevadas a cabo por los diversos equipos que se impulsaron desde el Ministerio de Sanidad, no dieron el resultado esperado y es entonces cuando oficialmente la anilina deja de ser el agente causante para pasar a ser el indicador de una toxina misteriosa, auténtica causante de la enfermedad, que todavía hoy nadie ha conseguido identificar.

Pese a las dudas que muchos albergaban, el proceso se puso en marcha. Se pasa notificación de este “hecho” a todos los gobernadores civiles y se reitera a la opinión pública, a través de los medios de comunicación,  que el origen de la epidemia reside en los aceites de venta ambulante y a domicilio que carecen de etiqueta y se advierte del peligro que representa su consumo. Por fin, parece, que se ha descubierto al culpable. Y no sólo eso, las investigaciones efectuadas apuntan a una empresa de Alcorcón como la responsable de la intoxicación: RAELCA. Rápidamente se ordena a las fuerzas del orden la clausura y precinto de las instalaciones y almacenes de esa empresa, a la vez que se interceptan los canales de distribución del aceite en cuestión.

En un tiempo sospechosamente record se había pasado del “no sabemos el origen de la enfermedad” a no solo identificar el agente causante sino a localizar el punto exacto desde donde se iniciaba todo el proceso que había provocado esa intoxicación masiva. Asunto resuelto: el turismo extranjero (y sus divisas) podía acudir tranquilamente a pasar sus vacaciones en España; los productos agrícolas, a los que algunos apuntaban como responsables del envenenamiento, estaban fuera de toda sospecha; la amenaza de cierre de fronteras a la exportación de productos españoles había sido confabulada; la actuación de los mecanismos de la Administración habían funcionado. El país y sus ciudadanos estaban a salvo y podían, de nuevo, dormir tranquilos. Ahora solo restaba, siguiendo la línea de investigación trazada, incautar el aceite en poder de los consumidores, inmovilizar las existencias y  detener a los culpables.

Dicho y hecho. El día 23 de junio de 1981, el Instituto de Majadahonda del Centro de Alimentación y Nutrición envía un informe al Secretario de Estado de Sanidad Dr. Luis Sánchez-Harguindey en el que se asegura que “todos los aceites de familias enfermas dan resultados positivos por la presencia de compuestos tóxicos y en todos ellos se encuentra el aceite de colza, como componente de la mezcla”[12].

Pero muchos parecen no querer enterarse y, pese a las recomendaciones oficiales, siguen unos vendiendo y otros consumiendo el supuesto aceite tóxico. El gobierno, en colaboración con el Patrimonio Comunal Olivarero, organiza entonces lo que, como se supo después, fue una de las mayores chapuzas nacionales: el canje de ese aceite adulterado, presuntamente responsable de la enfermedad, por aceite de oliva donado por el Patrimonio. La “operación” se inició el 30 de junio de 1981 y se realizó en varias etapas y por zonas: primero fue la provincia de Madrid para, posteriormente, continuar por las provincias de Ávila, Burgos, Guadalajara, León, Palencia, Salamanca, Santander, Segovia, Soria, Valladolid y Zamora. En septiembre de 1981 (España, pase lo que pase, cada año se paraliza durante el mes de agosto) empezó la segunda fase de esta “operación canje”.

Ciudadanos haciendo cola para canjear sus garrafas de aceite de colza (Fuente: leonoticias.com)

Dicha operación fue realmente caótica, por ser benévolos, y el control en la recepción, análisis y almacenamiento de los aceites intercambiados brillo por su ausencia, llegándose a dar el caso de que se admitió como aceite de colza adulterado lo que era aceite lubricante para automóvil[13]. Cuando finalizó este proceso, se habían recogido, según las estimaciones oficiales,  casi 1.500.000 litros de aceite supuestamente tóxico. La periodista y escritora Gudrun Greunke eleva esta cifra hasta casi los cinco millones de litros, cifra que se ocultó en su día a la opinión pública ya que esto implicaba que cada afectado debía haber devuelto 200 litros de aceite y aquellas familias en las que hubo varios afectados, la entrega debería haber ascendido a 500 litros, una cantidad totalmente descabellada y que por si sola “basta para demostrar que una de dos, o hay muchísimos más afectados de lo contabilizado, o el aceite no tiene nada que ver con el Síndrome Tóxico. Desgraciadamente, ambas afirmaciones parecen ser ciertas…”[14]. Este no es un asunto menor ya que, como posteriormente reconocieron los mismos científicos defensores de la teoría del aceite tóxico, su fracaso en conseguir identificar el agente causante del envenenamiento en el aceite se debió a la falta de muestras adecuadas en el momento adecuado.

La veterana periodista alemana Gudrun Greunke, fallecida el 15 de febrero de 2019 y co-autora del libro «El montaje del Síndrome Tóxico», en la entrevista que efectué en 2013 (foto del autor).

En esas fechas de finales de mayo de 1981, la lista oficial de víctimas era dramática: 12.006 casos de hospitalizaciones, 121 muertos y 1.724 reingresos. Terribles pero aún lejos de lo que serían las cifras definitivas conocidas muchos meses después.

La prensa de la época publica la lista oficial de las marcas de aceite tóxico: Rael, Eureka, Prosol… y las empresas que los fabrican y distribuyen: Aceites Beamonte, Jap, Los Marteños, Oleoli, Prosol y algunos otros. Sin embargo, poco a poco el interés de una opinión pública agotada pero también tranquilizada por la “verdad oficial”, va decayendo paulatinamente.

EL INICIO DEL JUICIO

Casi seis años después, el lunes 30 de marzo de 1987, y tras una larguísima instrucción, se inició en la Sección Segunda de la Audiencia Nacional de Madrid el llamado “juicio de la colza” o “juicio de los aceiteros”. Pese a que tampoco entonces se había conseguido identificar el agente responsable de la enfermedad, todo el mundo (o casi) daba por sentado que el culpable eran las anilinas contenidas en el llamado aceite de colza desnaturalizado y los responsables de lo sucedido los industriales aceiteros. Sólo había que barnizar legalmente la situación («la fiscalía te lo afina») para elevar a la categoría de legal lo que ya, por repetido, se había aceptado como algo real. En efecto, hasta aquel momento, y de hecho hasta hoy en día, ninguna de las investigaciones realizadas sobre el síndrome tóxico habían conseguido probar qué reacción química había convertido en mortal al aceite de colza desnaturalizado tras haber sido refinado.

Aspecto del auditorio del  recinto IFEMA en Madrid, en donde tuvo lugar el juicio sobre el Síndrome Tóxico (Fuente: Documental «Poisoned lives», 1991)

Al inicio del juicio oral, eran en total 38 procesados (uno de ellos, Juan Santacana, moriría pocos meses antes de conocerse la sentencia), más de 1.500 testigos citados, 250 peritos, 70 abogados y tres jueces: José Antonio Jiménez Alfaro, presidente del tribunal, Sirio Francisco García Pérez y Francisco Javier Gómez de Liaño, que años después, en 1998, sería condenado por prevaricación y apartado de la carrera judicial para convertirse desde el 11 de julio de 2013 en abogado defensor de Luis Bárcenas en la trama de financiación ilegal del Partido Popular. Al parecer, el nombramiento del tribunal no había sido fácil y se produjeron presiones de todo tipo (algunas de ellas, según la prensa de la época, habrían rozado la ilegalidad, todo con el fin de forzar a que algún magistrado aceptara, contra su voluntad inicial, formar parte del tribunal). El sumario contaba con un total de 250.000 folios.

Para poder llevar a cabo las sesiones del juicio se habían habilitado las instalaciones del auditorio de la Feria de muestras de Madrid (IFEMA) de la Casa de Campo. Se habían acreditado numerosos representantes de la prensa nacional e internacional pues no en vano el asunto había levantado gran expectación en la opinión pública de diversos países. Desde un principio, el sumario fue deficientemente instruido, según la opinión de los expertos publicada en la prensa de entonces.

Un momento del luicio celebrado en el recinto IFEMA (fuente:Documental «Poisoned lives», 1991)

Valga un ejemplo: “en septiembre de 1981, las declaraciones judiciales tomadas a los hermanos Bengoechea, presuntos importadores del aceite origen de la tragedia, se habían tomado en base a exhortos remitidos desde Madrid a San Sebastián. Por aquellas fechas, cuando la mortalidad era casi diaria todavía,  no se había desplazado hasta la prisión de Martutente, en la que los hermanos Bengoechea permanecían encarcelados, ningún miembro de la carrera judicial con acceso directo al sumario. Según el diccionario de la Real Academia Española, “exhorto es el despacho que un juez libra a otro para dar cumplimiento a lo que le pide”. Por muy buena voluntad que pusiera de su parte, poca cosa podía hacer un juez de San Sebastián respecto al caso”[15] Dicho de otra manera, desde la Audiencia Nacional de Madrid se había solicitado al juez de turno en San Sebastián, que no tenía conocimiento alguno del caso y que, en consecuencia no sabía qué debía preguntar,  que interrogase a unos acusados por el solo hecho de estar detenidos en una prisión que se hallaba ubicada en la zona bajo su jurisdicción. Si algo demostraba este proceder era la calma, cuando no la desidia (por ser benévolos) con los que la administración de justicia se tomó la instrucción del “juicio del siglo”, el sumario, por aquel entonces, más voluminoso de la historia judicial española.

LA SENTENCIA

Finalmente, el 20 de mayo de 1989, es decir, dos años, un mes y 20 días después de iniciarse las primeras sesiones del juicio, se dictaba sentencia. En aquel momento, se contabilizaban ya 769 personas muertas y 25.000 con lesiones irreparables, cifras éstas que se fueron incrementando con el paso del tiempo.

Sentencia 48/1989 sobre el Síndrome Tóxico (foto del autor, gentileza de Gudrun Greunke)

A las 10:30 de la mañana de ese día se inició por parte del tribunal la lectura de los 1.537 folios de los que constaba la sentencia, que se alargaría hasta pasadas las siete de la tarde, en medio de la indignación creciente de los asistentes, en su mayoría “víctimas del aceite”, que provocó incidentes que obligaron a suspender la sesión durante una hora.

De los 37 acusados, recordemos que uno de ellos había fallecido durante el juicio, 25 fueron absueltos y el resto condenados a penas consideradas menores. Sólo tres de ellos, Juan Miguel Bengoechea, director de la empresa RAPSA, Ramón Ferrero, director de RAELCA y Jorge Pich tuvieron que volver a ingresar en prisión. En el interior del recinto habilitado como Audiencia Nacional, estalló la indignación cuando se conocieron las sentencias. Gritos de “asesinos”, “no hay justicia” y un alboroto generalizado obligaron al presidente del tribunal a desalojar la sala. Esto no hizo más que complicar la situación pues en el exterior los ánimos estaban todavía más caldeados a medida que se filtraba la noticia de las leves condenas impuestas a quienes todo el mundo consideraba como los responsables de la tragedia del Síndrome Tóxico. Pronto los gritos se transformaron en empujones y la rabia contenida de los afectados estalló. Los afectados apedrearon el autocar que trasladaba a los acusados a su salida del recinto. La policía tuvo que actuar con botes de humo y material antidisturbios para controlar la situación. Cuando, finalmente, todo acabó, los afectados que abandonaban la sala no tenían ya ni ganas de gritar. Las lágrimas habían dejado paso al abatimiento.

El 31 de marzo de 1987, el periódico La Vanguardia publicaba una crónica del juicio en el que incluía una foto del industrial Juan Miguel Bengoechea Calvo (fuente: Hemeroteca de La Vanguardia)

El fallo de la sentencia era claro en dos puntos. En primer lugar dejaba sentado que el aceite de colza desnaturalizado fue el causante del Síndrome Tóxico. En segundo lugar, el tribunal rechazaba de plano los argumentos expuestos por abogados de la defensa en el sentido de que la auténtica causa de la enfermedad fueran los pesticidas organofosforados o un accidente con armas químicas producido en la base militar de Torrejón de Ardoz, de utilización conjunta hispano-estadounidense. Caso cerrado.

 LA INVESTIGACION DEL DR. ANTONIO MURO

Paralelamente al desarrollo de estos hechos, algunos investigadores desarrollaron su trabajo en otro sentido.

Vayamos atrás en el tiempo y regresemos de nuevo al 1 de mayo de 1981, día en que el niño Jaime Vaquero murió mientras era trasladado a un hospital de Madrid, víctima de una extraña enfermedad. En la mañana de ese día, cinco de sus hermanos habían sido ingresados aquejados de los mismos síntomas, cuatro de ellos en el «Hospital del Rey» en dónde el director en funciones era el Dr. Antonio Muro Fernández Cavada. Cuando éste vio los síntomas llegó rápidamente a la conclusión de que no podía tratarse de una neumonía, sino de algo completamente nuevo de lo que no se tienen antecedentes y llama al Ministerio de Sanidad para alertar de una epidemia. Simultáneamente, inicia un trabajo de investigación en toda regla.

El Dr. Antonio Muro Fernández Cavada que defendió la hipótesis de los organofosforados como causantes de la intoxicación. Algunos le han criticado que su trabajo fue poco rigurosa, pero lo cierto es que reunió una serie indicios razonables que nunca fueron investigados.

Al principio, por lo síntomas que parecían tener sus pacientes, Muro apuntó hacia la legionel·la, pero el 6 de mayo, tras consultar con el mejor especialista español en esa enfermad, la descartó. Se suceden diversas pruebas y análisis todos ellos con resultados negativos por lo que debe descartar el resto de enfermedades poco frecuentes en las que había pensado.

Paralelamente, en diversos hospitales, a instancias del Ministerio de Sanidad, se formaron diversos equipos de investigación con el fin de intentar hallar una causa de la enfermedad. Oficialmente se la califica de “neumonía atípica” pero el Dr. Antonio Muro está convencido de que no es una neumonía de origen vírico o bacteriológico ni que, en contra de las tesis oficiales de aquel entonces, se transmita por vía respiratoria y que los pacientes, pese a proceder de los alrededores de Madrid, son de lugares alejados entre si y que impiden ese tipo de contagio. Si el contagio fuera por vía aérea, habría que esperar enfermos que perteneciesen a grupos o colectivos grandes como colegios, lugares de trabajo, hoteles… y no es así Además, observa que en el centro de la capital no se ha producido ningún afectado. Entonces, a la vista de los datos epidemiológicos, el Dr. Muro cae en la cuenta de que la enfermedad puede tener un origen digestivo y llega al convencimiento de que ésta podría transmitirse a través de lo que el llamo la “venta alternativa”, es decir, los “mercadillos”.

Mientras la tesis oficial sigue manteniendo que la enfermedad debía transmitirse por vía respiratoria, Muro afina aún más su teoría:

“El 10 de mayo, tras una encuesta entre sus enfermos y los familiares sanos que han venido a visitarles, llega a la conclusión de que todos han comprado en mercados ambulantes. El factor común de los enfermos parece ser su afición a las ensaladas”.[16]

Y entre las ensaladas, en un principio fueron las cebollas y la lechuga los candidatos más probables ya que en sus hojas podían mantenerse vivos los parásitos con mayor facilidad…

El 13 de mayo de 1981, el Dr. Muro solicita a varios responsables de Sanidad que se desplacen hasta su hospital porque quiere mostrarles el resultado de sus investigaciones. Una vez allí, les explica en detalle los trabajos que él y su equipo están realizando y las conclusiones a las que han llegado. Les muestra un gran mapa de España en el que se indican los lugares en los que se han producido los brotes de la extraña enfermedad. Y lo más interesante: “Muro termina con la predicción de los lugares en donde va a haber nuevos casos en los próximos días. En algunos pueblos o ciudades, apunta incluso calles concretas. Al día siguiente sus pronósticos se confirman”.[17]

Los «verdes» alemanes tampoco se creían la versión oficial y exigieron que la línea de investigación del Dr. Muro fuera tenida en cuenta (Fuente: Hemeroteca de La Vanguardia)

Y entonces se produjo un hecho extrañamente sospechoso: el 14 de mayo el Dr. Muro es suspendido de su trabajo por razones difícilmente comprensibles. Oficialmente, se alega agotamiento físico y mental, debido al fortísimo estrés de los últimos días, aunque fuentes cercanas al Dr. Muro lo desmienten. Ciertamente, no se explica esta reacción de la Administración, máxime teniendo en cuenta los resultados a los que se estaba llegando. Pero es que aun en el caso de que el equipo del Dr. Muro no estuviera avanzando en la línea correcta, hay que recordar que en esos primeros días el desconcierto era total, se estaba buscando el origen de la enfermedad, que había causado ya varios muertos y que se perfilaba como una epidemia de proporciones colosales (como así fue finalmente), casi en cualquier parte, y aunque el origen al que se apuntó finalmente de forma oficial fue totalmente distinto del anunciado por el Dr. Muro, la vía de contagio resultó ser digestiva y no respiratoria, por lo que parecía totalmente razonable mantener una línea de investigación como la que habían iniciado los médicos del Hospital del Rey. Pero no fue así y las causas reales de esa actuación probablemente nunca se sepan.

Lejos de abandonar, el Dr. Muro prosiguió con sus investigaciones, apoyado por el incondicional Dr. Vicente Granero y un equipo de colaboradores. El mismo Dr. Granero describe la frenética actividad de aquellos días en la entrevista concedida a Yorkshire TV en 1991 para el documental “Poisoned Lives

“Ni comíamos ni dormíamos, prácticamente. Estábamos todo el día trabajando, Íbamos de lugar en lugar, de mercadillo en mercadillo, estudiando en los mercados puesto por puesto, viendo la procedencia de estos productos. Nos juntamos con una serie de profesionales que trabajaban en la agricultura, en los mercados, en la industria… Nos dirigimos especialmente a lo que se utilizaba en la ensalada: los pepinillos, las lechugas, los tomates, los pimientos… Hicimos una investigación con cuatro o cinco mil familias. Y vimos que en todas ellas coincida que tomaban determinados tipos de tomate que se producían en determinados sitios”

El Dr. Vicente Granero, colaborador del Dr. Muro y convencido como él que la causa del Síndrome Tóxico no había que buscarla en el aceite de colza (Fuente: Documental «Poisoned lives», 1991)

Muro descarta así su sospecha inicial acerca de las lechugas y las cebollas y empieza a apuntar hacia los tomates. Pese a que todos los indicios parecían apuntar en esa dirección, el Dr.Muro y su equipo no descartaban totalmente el aceite como el causante de la enfermedad.

El 20 de mayo en una de sus visitas al mercadillo de Torrejón comprueban que en ocho puestos diferentes se vende aceite en garrafas de plástico de cinco litros cuya única diferencia no es solamente el color de los tapones (rojos, verdes y amarillos) sino su origen que es diferente en cada caso, así que no parece que sea el aceite el causante de la epidemia. Posteriormente, analizan diez muestras de aceites procedentes de los usados por sus pacientes y todos ellos tienen composiciones diferentes, lo que refuerza la teoría de que no se trata del aceite. Curiosamente,  el día que se entregan los resultados de estos análisis al Dr. Muro y éste  llega al convencimiento de que hay que buscar otro culpable de la enfermedad. Es el 10 de junio, el mismo día en que se estigmatiza al aceite de colza desnaturalizado como el causante del Síndrome Tóxico.

En su ánimo de ser concluyente, el Dr. Muro ordena a su equipo que experimente ese aceite con animales. Forma cuatro grupos de diez ratones cada uno que son tratados con el aceite presuntamente tóxico. Al cabo de un mes, los ratones no sólo siguen vivos, sino que no se les observa ningún tipo de lesión o patología. Definitivamente, había que descartar que las anilinas contenidas en el aceite de colza desnaturalizado fueran las causantes de la enfermedad, tal y como las autoridades sanitarias españolas, de forma tozuda y sospechosa,  se empeñaban en mantener.

Mientras las declaraciones oficiales, en la línea de que es el aceite adulterado el culpable de la intoxicación, se suceden, el Dr. Antonio Muro sigue con su incansable investigación, convencido ya por las evidencias que ha logrado reunir que la enfermedad la causa algún tipo de plaguicida que las víctimas habrían ingerido a través del consumo de tomates, así que abandona su trabajo de investigación en los mercadillos y empieza a recorrer áreas geográficas donde espera encontrar el origen del problema, el lugar dónde se debían estar cultivando esos tomates que llevaban el agente tóxico. Siguiendo esa pista, el 11 de julio de 1981, encuentra en la cabaña donde un agricultor guardaba los productos con los que rociaba sus cultivos un saco con un producto que le resulta desconocido. Ese mismo día se hace con un saco igual y aquella noche realiza un primer experimento:

“El día 11 de julio nos llevamos siete tóxicos o siete productos que denominamos tóxicos. Hice una solución de 5 grs. En 95 de agua, es decir, una solución al 95 % de agua destilada. De los 7, 6 fueron perfectamente solubles y el séptimo, el que decíamos que podía ser de acción sistémica, fue completamente insoluble”.[18]

Tras diversas investigaciones, las conclusiones del Dr. Muro apuntaban a los pesticidas presentes en los tomates que se vendían en los mercadillos (Fuente:Documental «Poisoned lives», 1991)

Entonces Muro, sin decir exactamente qué buscaba, entregó al Dr. Guillermo Tena, director del «Instituto Nacional de Toxicología» pimientos tratados con el plaguicida, tomates que no habían sido tratado y varias botellitas con líquidos conteniendo el pesticida en cuestión. Tal y como el Dr. Muro esperaba, las cobayas que habían ingerido los pimientos rociados con el pesticida mueren a los dos días mientras que las que han sido tratadas directamente con el producto, mueren a los seis días. Todas presentan los daños pulmonares típicos del Síndrome Tóxico. Los productos que se formarían en planta una vez rociada ésta con pesticida se convertirían en mucho más tóxicos que el producto original, lo cual explicaría porque unas cobayas mueren a los dos días y otras a los seis. Para Muro no hay ya ninguna duda: el causante de la enfermedad es un pesticida de los llamados organofosforados. “El productor es una empresa internacional del ramo de la química. No dice más”.[19]

El Dr. Muro informó entonces a Sánchez-Harguindey, Secretario de Estado de Sanidad de sus conclusiones pero no le hace caso y oficialmente se mantiene la indemostrable teoría del aceite desnaturalizado como el causante de la epidemia ¿Por qué?

Hacía tiempo que Muro sospechaba que eran las verduras que componen la ensalada las portadoras del agente tóxico. De hecho, nada más ingresar los primeros afectados ya vio claramente que no se trataba de una neumonía atípica como se decía oficialmente. Al parecer, según refieren Gudrun Greunke y Jörg Heimbrecht, autores de “El Montaje del Síndrome Tóxico”, el Dr. Muro, tenía en su despacho del «Hospital del Rey de Madrid» un saco lleno de esas verduras que, aun no sabiendo si estaban envenenados, tenía intención de enviarlos a analizar. Al día siguiente de su suspensión, es decir, el 15 de mayo, se personó allí un funcionario del Ministerio de Sanidad, acompañado por personal norteamericano, que retiró ese saco de muestras. Según parece, fueron enviados a la sede de los CDC en Atlanta para su análisis. Posteriormente, se pudo comprobar que no aparece ninguna referencia a ese saco ni a ningún análisis en el sumario de instrucción, sin embargo este hecho demostraría que el gobierno español, la OMS y los CDC conocían la auténtica causa de la enfermedad y a pesar de eso, no sólo no investigaron en esa línea, sino que inculparon al aceite de colza desnaturalizado sabiendo que eso era una mentira. Una vez más debemos preguntarnos ¿Por qué?

Portada del libro «El Montaje del Síndrome Tóxico» de los periodistas Gudrun Greunke y Jörg Heimbrecht, publicado en 1988 y referencia obligada para conocer este trágico episodio de la historia de España

El 24 de noviembre de 1981, se celebra en el Ministerio de Sanidad una reunión secreta a la que es invitado el Dr. Muro. Durante casi 6 horas éste tiene la oportunidad de explicar sus hipótesis ante los funcionarios del ministerio. Detalla en especial el caso de la familia del  Dr. Corralero, joven médico anestesista que ese año era presidente de la «Federación Nacional de Víctimas del Síndrome Tóxico». En esa familia habían enfermado su mujer y su hijo, así como sus suegros y cuñados que vivían en el mismo edificio. Sin embargo, el propio Corralero, pese a haber consumido tanto o más aceite presuntamente tóxico que el resto de su familia, no enfermó. Además, se había enterado de que en el hospital en el que trabaja, el «Hospital Primero de Octubre», se consume ese aceite y no ha habido caso alguno de la extraña enfermedad. También habían consumido ese aceite en el comedor de la Universidad de Somosaguas en donde comían allí a diario unos 700 estudiantes. De nuevo, nada. Poco antes de enfermar, María del Mar, esposa del Dr.Corralero había comprado dos kilos de tomates a un vendedor ambulante que los vendía en una furgoneta “Renault 4” y, al día siguiente, comía toda la familia una gran ensalada de tomate. Todos menos Antonio Corralero que ese día, al encontrarse de guardia, no comió en casa. El resultado fue que toda la familia enfermó excepto él.

Analizando las garrafas de aceite de colza presunto culpable del Síndrome Tóxico (Fuente leonoticias.com)

El Dr. Muro, tras laboriosas pesquisas, llegó a la conclusión de que los tomates tóxicos procedían de algún lugar del sur de España, en campos de la provincia de Almería, en concreto de la huerta de Roquetas de Mar, en donde debieron producirse entre 8.000 y 15.000 kilos de tomates que se distribuyeron posteriormente en mercadillos y vendedores ambulantes como al que había comprado la Sra. Corralero[20].

Muro también explica cómo los tomates no maduran todos a la vez en el mismo campo, sino que, tras ser recogidos, se mezclan con otros de similar calidad, procedentes de otros campos y que, consecuentemente, no están contaminados. Posteriormente, se transportan a los mercados centrales en donde los vendedores ambulantes adquieren las cantidades que esperan vender diariamente. En la venta al por menor realizada al consumidor final, los tomates contaminados y los tomates “sanos” estarían mezclados, sin posibilidad de distinción, consumiéndose indiscriminadamente. Esto explicaría porque hay familias en las que algunos miembros están afectados y otros no; o porque en algunos lugares hay más familias afectadas que en otros.

En esa reunión Muro plantea una serie de preguntas que pone en evidencia no sólo la línea de investigación seguida, sino a las propias autoridades sanitarias. No recibe respuesta a ninguna de ellas. A partir de ahí, el divorcio entre la línea de trabajo de Muro y el de la administración se consuma. Sanidad sólo aceptará una línea de investigación: la del aceite de colza desnaturalizado y el Dr. Antonio Muro y sus colaboradores seguirán en solitario la pista de los pesticidas organofosforados.

En diciembre de 1984, tras más de tres años de investigación y poco antes de morir de cáncer, en unas declaraciones efectuadas a Diario 16, Muro acusó al gobierno español de divulgar una “gigantesca mentira” con el aceite de colza. Para él estaba claro que la enfermedad, que había causado ya cientos de muertos, estaba causada por un nematicida[21] y que habían experimentado con 24.000 seres humanos.

Portada del número 681 del 17-12-1984 de la revista Cambio 16

En la madrugada del 16 de abril de 1985, el Dr. Antonio Muro Fernández-Cavada muere en la «Clínica de la Concepción» de Madrid, víctima del cáncer de pulmón que sufría desde hacía ya dos años. Al día siguiente fue enterrado en el Cementerio San Justo de Madrid. Algunos sospecharon que la enfermedad que acabó con su vida pudo haber sido inducido para acallar su voz disidente.

OTROS INVESTIGADORES LLEGAN A LA MISMA CONCLUSION

Pero el Dr. Antonio Muro y su equipo no son los únicos que llegaron a la conclusión que el aceite de colza no era el culpable de la enfermedad y de que las autoridades sanitarias estaban ocultando la verdad.

El teniente coronel médico Dr. Luis Sánchez-Monge Montero también era de la opinión que el envenenamiento lo producía un pesticida.

Un día, un compañero le pide que examine a su hijo José Antonio de doce años, enfermo de Síndrome Tóxico, que se halla prostrado en una silla de ruedas. Tras el reconocimiento el Dr. Sánchez-Monge le diagnostica una intoxicación por organofosforados. Tras el tratamiento adecuado, el niño se recupera totalmente hasta el punto de que años después José Antonio Galisteo, que así se llamaba,  ingresa en la Guardia Real. También trata a la niña de 11 años Virginia Castaños, ingresada en el «Hospital Infantil Niño Jesús» que dirigía el Dr. Tabuenca “descubridor” de la hipótesis del aceite. Los padres, tras rechazar la recomendación de los médicos de ese hospital que aconsejaban seccionarle los tendones para que pudiera estirar las piernas, la llevan al Dr. Sánchez-Monge que la somete a tratamiento por intoxicación por organofosforados. La niña también se recupera completamente y esa recuperación es certificada en un informe clínico del «Hospital Niño Jesús» de Madrid.

El Dr. Sánchez -Monge Montero (Fuente: Documental «Poisoned lives», 1991)

El 5 de febrero de 1982, el Dr. Sánchez-Monge remite un informe a dicho hospital explicando el tratamiento que, en su opinión, debía aplicarse a los enfermos de síndrome tóxico a la vez que se ponía a la plena disposición del hospital. El informe fue ignorado.[22]

El Dr. Luis Frontela, catedrático de Medicina Legal  de la Universidad de Sevilla califico la hipótesis del aceite de “absurda y fuera de toda lógica científica”.[23]

El Dr. Luis Frontela investigaba también el caso. Para él la hipótesis del aceite no tiene ningún fundamento. Al principio Frontela dirige sus sospechas hacia los metales pesados presentes en determinados recipientes con los que se solía cocinar la comida, tales como el cadmio, pero tras un análisis en profundidad de los síntomas, llega a la conclusión de que se encontraba ante una intoxicación por pesticidas. Recuerda el caso de un bebé de apenas dos meses, muerto el 16 de junio de 1981 en el «Hospital Infantil la Paz» de Madrid de las secuelas del Síndrome Tóxico. La madre estaba aquejada de la misma enfermedad y, dado que el bebé no había ingerido otra cosa que leche materna se analizó esta con el resultado de que se encontraron residuos de pesticidas organofosforados. Este suceso fue ocultado a la opinión pública.

El Dr. Luis Frontela (Fuente: Documental «Poisoned lives», 1991)

En una entrevista a Yorkshire TV, Frontela declara:

“Nosotros utilizamos los aceites más tóxicos que había, los de más alta concentración de anlinas y anilidas y en ningún animal se pudo reproducir el síndrome tóxico, utilizando ese aceite, el más tóxico de todos”.

El Dr. Frontela analizó los informes de las autopsias de 98 personas fallecidas a causa de la enfermedad y concluye: “No puede admitirse que sean las anilinas el tóxico causante de estas muertes. Si tenemos en cuenta que la intoxicación aguda por anilinas se manifiesta por hemolisis, sangre “color chocolate”, altas cifras de metahemoglobina, piel y mucosas de color violáceo entre otros múltiples hallazgos, ninguno de los cuales presentaban los fallecidos por el denominado Síndrome Tóxico, entonces carece de fundamento el achacar dicho síndrome a las anilinas o anilidas”. Y apoya su conclusión con un argumento contundente:

“Es un hecho innegable que gente que habitualmente lleva cerillas consigo tiene un mayor riesgo de morirse por cáncer de pulmón que quienes no llevan cerillas. Los primeros son con gran probabilidad fumadores, pero esto no es ninguna prueba de que el llevar cerillas encima causa cáncer de pulmón”.[24]

El 24 de agosto de 1982 moría la abogada María Concepción Navarro, aquejada de una enfermedad que los médicos le habían diagnosticado en mayo de 1981: “la neumonía atípica”. Pese a estar registrada con el número 28/81473 del censo oficial de víctimas del Síndrome Tóxico, María Concepción Navarro nunca había consumido aceite de colza. En el informe pericial acerca de esa muerte que emite el Dr. Frontela el 4 de noviembre de 1984, cita los rastros hallados de fenamifos, la sustancia activa de un pesticida llamado Nemacur, producido por la farmacéutica Bayer. En un intento de contrarrestar esta información, en febrero de 1985 la farmacéutica envía un número especial de su boletín “Bayer-Intern”. Sin embargo, los argumentos que esgrime no soportan un análisis mínimamente profundo.

En este artículo de la edición de La Vanguardia de 29-04-1984 se informaba de la muerte de la abogada María Concepción Navarro

También el Dr. Enrique de la Morena del Departamento de Bioquímica Experimental del «Hospital Fundación Jiménez Díaz» de Madrid llegaba en sus investigaciones a conclusiones sorprendentes:

“Cuál fue mi sorpresa cuando las ratas que yo alimentaba con ese aceite, que en unos casos les daba crudo y en otros frito, engordaron. Y lo que me temía es que tuviéramos una reunión los distintos investigadores que habíamos hecho esta experiencia y me encontrara yo con que mis ratas habían engordado y las ratas de los otros investigadores hubieran enfermado. Pues bien, la sorpresa fue que a todos, todos, les habían engordado las ratas con el aceite”[25]

En enero de 1983, el Dr. De la Morena solicitó ayuda financiera al Plan Nacional del Síndrome Tóxico, dirigido por Carmen Salanueva para un proyecto de investigación en el que pretendía averiguar por qué tantos enfermos del síndrome tóxico contraen cáncer. No sólo se le deniega esa ayuda sino que le denuncian al Tribunal de Deontología del Colegio de Médicos que sin embargo no le retira la licencia para ejercer.

Protestas de afectados por el Síndrome Tóxico en 1982 (Fuente: Leonoticias.com)

Coincidiendo con Muro y Frontela, el Dr. De la Morena declara: “Todos los resultados de nuestras investigaciones encajaban muy bien con una intoxicación por organofosforados”.[26] Lo más terrible de este asunto es que, desde hacía tiempo se sabía de la peligrosidad de los productos organofosforados ya que no en vano y hasta 1976 se habían documentado más de 40.000 casos.

Todas estas opiniones divergentes no se limitaban sólo a España. En marzo de 1982, el toxicólogo alemán Dr. Claus Köppel del Instituto para la Alimentación, Medicamentos y Química Jurídica de Berlin Oeste afirmaba taxativamente que “Nuestros experimentos con ratones no han producido ningún efecto tóxico; a nuestro entender las anilidas no son el causante del síndrome del aceite tóxico”[27].  Y es que, tal y como argumentan los autores de “El Montaje del Síndrome Tóxico”, “resultaría que una persona adulta tendría que ingerir 840 gramos de anilidas puras para llegar a tener los mismos efectos [que un enfermo del síndrome tóxico]. Expresado de otro modo, tendría que ingerir de golpe 200 litros, como mínimo de aceite mezclado con el grado más alto de anilidas jamás encontrado en los aceites españoles…”[28]

Köpel no es el único en no descubrir relación alguna entre el aceite desnaturalizado y el síndrome tóxico, a la toxicóloga francesa Veronique Vincent , a la norteamericana Renat Kimbrough y a los doctores británicos Aldrige y Connors les pasa lo mismo

Sorprendentemente, en la reunión de expertos que tuvo lugar en Madrid en marzo de 1983, la OMS conocedora desde hace tiempo de estos y otros  informes en el mismo sentido tanto de científicos españoles como no españoles que investigaban el Síndrome Tóxico, no les presta ninguna atención. Es más, en esa reunión, que cuenta con la presencia del Ministro de Sanidad, Ernest Lluch, la enfermedad pasa a llamarse Síndrome del Aceite Tóxico, con lo que se condiciona a que cualquier investigación futura siga esa línea.

A instancias de esta esta reunión surgió la creación de una nueva comisión, trasladándose a un grupo de epidemiólogos de Barcelona a Madrid y presidida por la Dra. Susana Sans. En verano de 1983 empieza sus trabajos. Formaban parte de esta nueva comisión el Dr. Javier Martínez Ruiz y la Dra. María Jesús Clavera, convencidos de que la teoría del aceite era correcta y que solamente había desorden en la información y falta de sistematización. Su trabajo consistía en verificar el gráfico que demostraba que los ingresos hospitalarios de enfermos del Síndrome Tóxico habían caído tan pronto como el gobierno había advertido de que el culpable de la enfermedad era el aceite. Para sorpresa de ambos, los datos muestran que esto no era cierto.

La Dra. María Jesús Clavera y el Dr. Javier Martínez Ruiz (Fuente: Documental «Poisoned lives», 1991)

Los resultados que obtuvieron indicaban que el número de ingresos hospitalarios en realidad había empezado a bajar 15 días antes de que, a través del Telediario de la noche del 10 de junio, se anunciase que la causa de la enfermedad era el aceite y un mes antes de que se produjese la primera retirada de ese aceite. Dicho de otra forma: no existía correlación alguna entre la disminución de los ingresos hospitalarios y el aceite supuestamente tóxico.

“Nos dimos cuenta, además, que esto estaba siendo silenciado y camuflado. Es decir, se estaba mintiendo conscientemente. Fue el primer indicio que tuvimos de que no se estaba obrando con criterios científicos y que se estaba falseando a la opinión pública la verdadera realidad”[29]

Por su parte, la Dra. Clavera intentaba seguir la pista del aceite desde su entrada en España, a través de las oportunas importaciones, pasando por los mayoristas y llegando hasta los lugares de distribución, esperando encontrar una relación directa entre los puntos de venta del aceite y el número de enfermos. Cual no sería su sorpresa cuando, contra lo que ella esperaba, no había relación alguna, ni en los componentes, ni en los orígenes, ni en los vendedores… Su investigación reveló que se habían dado casos de enfermos en lugares en los que nunca se había vendido el aceite y, por el contrario, en zonas en las que el aceite sí se había vendido regularmente, no se había producido ningún caso.

Cientos de garrafas de aciete «tóxico» en los sótanos del Hospital de Valladolid después de haberse efectuado el canje (fuente: Leonoticias.com)

Curiosamente, en Catalunya donde se habían vendido 350 Tm de aceite presuntamente tóxico no se dio ni un caso de envenenamiento. Y lo peor del caso es que el Gobierno conocía estos hechos desde hacía, como mínimo dos años. ¿Por qué no sólo nadie dijo nada, sino que, además, se ocultaron los datos y se impidió investigar en la línea adecuada lo cual hubiera salvado muchas vidas?  En el informe oficial que la comisión a la que pertenecían el Dr. Martínez y la Dra. Clavera, falta la investigación de ésta última. El 30 de septiembre de 1984 los dos epidemiólogos son cesados.

Un alto funcionario del Ministerio de Sanidad, D. Enrique Martínez de Genique, Secretario de Estado de Consumo, también tenía dudas acerca de la culpabilidad del aceite. Trasladó a un mapa los datos en los que se veían las zonas en las que el aceite presuntamente tóxico se había vendido y en las que se veía que en algunas de ellas (la zona de la provincia de León, por ejemplo) en la que se produjeron afectados del Síndrome Tóxico y en la que, curiosamente, no habían ido vendedores ambulantes de aceite. Martínez de Genique presenta ese mapa en una reunión de expertos del Ministerio de Sanidad. Ese mapa nunca se hizo público. A los cuatro meses Enrique Martínez de Genique fue cesado de su cargo.

“Políticamente hay que pensar que en aquellos tiempos en España nos encontrábamos en la transición, una situación política complicada (…) y una tragedia como fue el Síndrome Tóxico era un arma arrojadiza desde el punto de vista político muy importante. El Gobierno tenía la obligación de dar una respuesta a la sociedad y la respuesta de la colza pareció válida”.[30]

¿UN ENSAYO DE GUERRA QUIMICA?

A raíz de la muerte del niño de ocho años Jaime Vaquero el día 1 de mayo de 1981, esta fecha fue tomada como el inicio oficial de lo que se vino en llamar Síndrome Tóxico.

Por esas fechas, y sin aparente conexión con esa muerte, a raíz de unas noticias de que vecinos de la zona han presenciado “actividades inusuales”,  Diario 16 publica que en la base militar de utilización conjunta hispano-norteamericana situada en Torrejón de Ardoz (Madrid) se almacenan armas bacteriológicas. Jaime Vaquero vivía en Torrejón de Ardoz…

En su edición del 20 de mayo de 1981, diario 16 se hacía eco de la hipótesis de las armas químicas como causante del síndrome tóxico

La agencia Reuters por su parte, informa que Gery Gibson de 16 años, hijo de un militar destinado en Zaragoza ha sido ingresado en un hospital de la capital aragonesa después de haber pasado el fin de semana anterior en la base de Torrejón.

El 13 de mayo primero y el 21 después, la embajada de Estados Unidos desmiente que haya armas bacteriológicas en la base de Torrejón y niega que se haya producido algún caso de Síndrome Tóxico en dicho acuartelamiento.

La, por entonces agencia oficial de noticias de la Unión Soviética, agencia TASS tiene, al parecer, otra información y publica que la OMS no sólo está al corriente de todo el asunto sino que siente gran preocupación porque la enfermedad se haya podido originar en la base militar de Torrejón. La agencia apunta directamente al incumplimiento de los Estados Unidos del pacto de 1972 por el que se ponía fin a la proliferación de armas químicas y bacteriológicas, como el causante de la catástrofe en ciernes. Tanto la OMS como la embajada de los Estados Unidos lo desmienten.

El diario El País publica que ya en 1979 el sargento Marcelino Pérez, de 26 años, así como otros dos norteamericanos, murieron en esta misma base de una extraña enfermedad cuyos síntomas eran idénticos a los del Síndrome Tóxico. Al parecer, esos soldados habían trabajado en aviones que habían sido empleados en operaciones con armas bacteriológicas en operaciones militares en la guerra de Vietnam.[31]

Años después, la agencia soviética Novosti informó de que en el verano de 1983 se produjo una epidemia de lo que fue calificado como de “neumonía atípica” durante unas maniobras militares en la base de San Gregorio en Zaragoza. Murieron el general José Cruz Requejo y el coronel Ramón Rodriguez y varios oficiales más, cuyos nombres no se hicieron públicos. Los síntomas fueron muy similares a los de los enfermos del Síndrome Tóxico. Precisamente en aquella época, muy cerca de allí, estaba ubicada una base de utilización conjunta hispano-norteamericana en la que se tenía su base el ala 401 de la USAF.

En las mismas fechas, varios expertos norteamericanos se desplazaron a las bases de Torrejón y Zaragoza para analizar los casos de neumonía atípica. Todos ellos procedían de Fort Detrick, en Maryland, donde se halla el laboratorio para armas bacteriológicas del ejército norteamericano.

Mucho más allá de ese planteamiento y en una línea mucho más conspiracionista, va el periodista Juan José Benítez con su “Operación Lamentación”:

“Ya anochecido, un avión Hércules KC-130 H tomaba tierra en la base aérea de Torrejón, en las proximidades de Madrid (España).  Supuestamente, el avión militar formaba parte de la operación de apoyo a la visita del secretario de Estado norteamericano, general Alexander Haig, prevista para ese mismo día.  Horas después, efectivamente, aterrizaba en Barajas (Madrid) el avión oficial del general Haig, procedente de Oriente Medio.  El vuelo llegó con más de dos horas de retraso.  Haig, en representación del gobierno de Reagan, traía la misión de renegociar el Tratado Mutuo de Amistad y Cooperación entre España y USA, firmado en 1976.  Era el 8 de abril de 1981.

A la una de la madrugada, el Hércules fue descargado.  Los dos contenedores fueron trasladados a sendos camiones.  En el exterior de cada uno de los contenedores podía leerse: “Material desinfectante”.  La carga real eran 6.250 kilos de tomates, todavía verdes, procedentes de Fort Detrick, en Maryland (USA), uno de los laboratorios militares en los que se trabajaba en la manipulación genética.  Los tomates, de la variedad “lucy”, contenían un potente veneno sistémico; es decir, un tóxico introducido por la raíz de la planta, que terminó por ser asimilado por el fruto.  El tóxico era un organotiofosforado del grupo fenamiphos (4-metiltio-m-toliletilisopropilamidofosfato). Una vez en el interior del fruto se transforma en un fitometabolito de gran agresividad. Al ingresar en el cuerpo humano, el poderoso veneno -inhibidor enzimático-  provoca, entre otros efectos, una neuropatía periférica, con atrofias musculares y deformaciones en las extremidades superiores. Existe un alto porcentaje de posibilidades de muerte.

La mortífera carga fue repartida por los servicios de Inteligencia norteamericanos entre los mayoristas que, a su vez, vendieron los tomates en los mercadillos ambulantes de Madrid y alrededores (Alcalá de Henares, Alcorcón, Torrejón de Ardoz, Carabanchel, San Fernando, Coslada, Getafe y Hortaleza, entre otros). De Madrid se difundió a otras provincias españolas.

Resultado de la llamada “Operación Lamentación”: 3.000 muertos (346 según las cifras oficiales) y más de 20.000 afectados (18.500 según las cifras oficiales).

El ensayo de guerra química nunca ha sido reconocido por las autoridades norteamericanas y españolas.

PD.- En el avión militar que transportó la carga envenenada se hallaba también el correspondiente antídoto, consistente en un oponente de la acetilcolina.

PD (2).- El doctor Antonio Muro y Fernández-Cavada, que defendió la tesis de un envenenamiento por vía digestiva, fue cesado en su cargo como director en funciones del «Hospital del Rey» (Madrid) y, posteriormente, falleció de un cáncer de pulmón.

Juan José Rosón, Ministro del Interior, uno de los hombres mejor informados de España sobre el envenenamiento masivo, también murió de cáncer de pulmón.

Higinio Olarte, colaborador del Dr. Muro en sus investigaciones, falleció de cáncer de hígado. Otros dos componentes del equipo de Antonio Muro tuvieron que ser intervenidos quirúrgicamente y se les extirpó sendos cánceres.

Andreas Faber Kaiser, investigador, que escribió el libro “Pacto de silencio”, en el que se denuncia el envenenamiento masivo, murió de Sida.

Ernest Lluch, ministro de Sanidad a partir de 1982, que tuvo conocimiento del ensayo de guerra bacteriológica, fue asesinado.

J.J.Benítez todavía vive…”[32]

Sin mención de fuentes y sin posibilidad de contrastar los datos, esta información debe ser tomada con muchas reservas. Lamentablemente, es frecuente en ocasiones como esta encontrar información conscientemente “liberada” por agencias de inteligencia con el fin de desacreditar todo el conjunto de la investigación en el momento en que se demuestra que aquella información es falsa. Es una técnica conocida como “desinformación”, que suele involucrar a medios de comunicación sin que ellos mismos sean conscientes del engaño.

El periodista y escritor Andreas Faber-Kaiser también investigó la hipótesis que apuntaba a las armas bióquimicas como causantes del envenenamiento masivo ocurrido en España en 1981. Resultado de sus investigaciones fue su libro «Pacto de Silencio»

Estas información apuntaría en la dirección de que “algo” pasó en las bases militares norteamericanas en España (ya que se trataba de auténticas bases norteamericanas pese al eufemismo con el que se le calificaba de “bases de utilización conjunta hispano-norteamericanas) aunque no se pueda saber exactamente qué, por la falta de fuentes contrastadas. Si lo sucedido guarda relación con el caso del Síndrome Tóxico es algo que no podemos afirmar y que probablemente nunca sabremos.

A la vista de la información que tenemos 40 años después de que se diera el  primer caso oficial del Síndrome Tóxico,  todo indica que, pese a la sentencia judicial de 1987, el culpable de las casi 3.000 muertes y de las 50.000 víctimas no fue el aceite de colza. Todas las pruebas apuntan a los organofosforados que en forma de pesticidas impregnaron unas partidas de tomates cultivados en la huerta almeriense. Y en ese punto es donde se plantea la disyuntiva de si esto se produjo debido al mal uso de dichos pesticidas o bien estamos ante algo más complejo como pueda ser, un ensayo en toda regla con armas químicas. Si este fuera el caso (y, según algunos autores, habría indicios en esa dirección) las autoridades españolas tenían conocimiento pleno de los hechos y lo ocultaron a la opinión pública.

Las evidencias demuestran que el gobierno español, la OMS y el CDC conocían la verdad acerca de la enfermedad y que no sólo no la aceptaron, sino que  se negaron a investigar en la línea correcta, boicoteando cualquier intento en este sentido con ceses, despidos, presiones, amenazas y ataques a los investigadores y a los medios de comunicación utilizando la mentira y la difamación. Y con ello se convirtieron en directos responsables de muchas de las muertes que se produjeron. También hubo en el transcurso de la instrucción y posterior juicio, presiones, amenazas, intentos de soborno robos y desapariciones inexplicables de documentos todo lo cual configura un escenario que nos permite afirmar que en la frágil democracia española de 1981 se produjo una conspiración en toda regla para ocultar quienes fueron los culpables de esta tragedia llamada Síndrome Tóxico.

Hoy, en plena pandemia del COVID, cuando situaciones y comportamientos políticos son tristemente parecidos a los de hace cuarenta años, uno no puede por más que preguntarse ¿Podría repetirse un caso similar como el que sucedió aquel mes de mayo de 1981 y que causó 3000 víctimas y 50.000 afectados, algunos de ellos con secuelas de por vida? En la última conversación que tuve con Gudrun Greunke, ella estaba convencida de que sí y que las autoridades políticas de aquel entonces intentaron enterrar todo el asunto con la hipótesis del aceite de colza.

© David Alvarez Planas (2013)

(Artículo publicado originalmente en el número 6 de la revista «DogmaCero – Horizonte Alternativo» de noviembre-diciembre 2013


NOTAS

[1] Declaraciones del Dr. Luis Valenciano, Director General de Salud Pública, en una entrevista en el periódico “El País” recogidas en el libro de Gudrun Greunke “El montaje del síndrome tóxico” pág. 18

[2] OMS: La Organización Mundial de la Salud es el organismo de la ONU que representa la autoridad directiva y coordinadora de la acción sanitaria a nivel mundial. Fue creada en 1948 y tiene su sede en Ginebra (Suiza) y seis oficinas regionales: África (con sede en Brazaville, República de Congo), Europa (con sede en Copenhague, Dinamarca), Asia Sur-Oriental (con sede en Nueva Delhi, India) Mediterráneo oriental (con sede en El Cairo, Egipto), Pacífico Occidental (con sede en Manila, Filipinas) y América (con sede en Washington, Estados Unidos). Cuenta actualmente con 194 estados miembros que eligen a los integrantes de la Asamblea Mundial de la Salud, su órgano decisorio supremo, la cual designa al Director General y al Consejo Ejecutivo, formado por 34 miembros, técnicamente cualificados en el campo de la salud, por un periodo de tres años y que suele reunirse en enero y posteriormente en mayo, poco antes de la Asamblea Mundial La Asamblea Mundial se reúne una vez al año, generalmente en mayo. La Secretaría de la OMS, el órgano encargado de la gestión diaria de este organismo, está formada por 8.000 personas, especialistas en cuestiones sanitarias y de otra índole  y funcionarios de apoyo (fuente: web oficial OMS a 11-2013). El cargo de Director General es propuesto a la Asamblea Mundial por el Consejo Ejecutivo. Actualmente (11-2013) la Directora General de la OMS es la Dra. Margaret Chan, nombrada el 9 de noviembre de 2006, renovándose su mandato el 23 de mayo de 2012que había ejercido anteriormente de Directora de Salud en Hong Kong, en donde afrontó el primer brote en seres humanos de la gripe aviar por el virus H5N1 surgido en 1997.

 

CDC. Centers for Disease Control and Prevention o Centros para el Control y la prevención de Enfermedades. Es una agencia nacional de los Estados Unidos responsable de las políticas de desarrollo, aplicación, prevención y control de aquellos temas relacionados con la salud en el ámbito de los Estados Unidos. Fue fundada el 1 de julio de 1946 como respuesta a la epidemia de paludismo que amenazaba con propagarse por el sur de los Estados Unidos y actualmente depende del Departamento de Salud y Servicios Humanos de los Estados Unidos. Cuenta con unos 15.000 empleados y tiene u sede en Atlanta (Estados Unidos). Su director actual (11-2013) desde junio de 2009, es el Dr. Tom Frieden. El Dr. Frieden se graduó en la Oberlin University y es master en salud pública por la Columbia University y posteriormente en enfermedades infecciosas por Yale. Fue desde 1990 hastata 1992 funcionario y detective de enfermedades del EIS (Servicio de Inteligencia Epidemiológica) de los CDC (fuente: web del CDC) y trabajo durante 5 años en la India como delegado del CDC en la OMS. Tras ser nombrado director de los CDC en 2009, el Dr. Frieden dirigió la respueta de las autoridades sanitarias estadounidenses ante la pandemia del virus H1N1. Ese año (2009) el CDC sufrió una importante reorganización interna or la que se establecia un organigrama cuasi militar con un director general, cuatro directores adjuntos, un Jefe de operaciones, un jefe de personal y un directivo responsable de todo lo relacionado con la igualdad de oportunidades. De los 16 departamentos que lo integran, 13 cuentan con agentes EIS Para una visión más exacta de la compleja organización de los CDC, véase el organigrama que se adjunta al final de este artículo. Recomendamos la lectura del artículo de Jesús García Blanca en Discovery Salud en http://www.dsalud.com/index.php?pagina=articulo&c=1205

[3] La Vanguardia. Edición viernes 22 de mayo de 1981 pág. 13

[4] La Vanguardia. Ediión viernes 22 de mayo de 1981, pág. 13

[5] El montaje del Síndrome Tóxico. Gudruen Greunke y Jörg Heimbrecht. Pág. 22

[6] Op.cit. pág. 23

[7] Declaraciones del Dr. Tabuenca a Yorkshire TV

[8] Op.Cit. pág. 26

[9] Op.Cit. pág. 28

[10] Op.Cit pág. 28 y ss.

[11]  Op.Cita. pág.31

[12] La Vanguardia edición 1 de mayo de 1982

[13] Dr. Juan Tabuenca en declaraciones a Yorkshire TV para su documental “Poisoned Lives”  1991, emitido el 22-05-1991 en la televisión catalana TV3. Actualmente (11-2013) puede verse en https://www.dogmacero.org/el-montaje-del-sndrome-txico/

[14] Gudrun Greunke Op.cit. pág. 34

[15] La Vanguardia. Crónica de José Martí Gómez. Edición 30-03-1987

[16] Op.Cit. pág. 17

[17] Op.Cit. pág. 20

[18] Op.Cit. pag. 60

[19] Op.Ct. pág. 61

[20] Según otras fuentes, de la investigación del Dr. Muro y sus colaboradores se desprende que el envenenamiento masivo debió producirse por una partida de unos 85.000 kilos de tomares, cosechados en las inmediaciones de Roquetas d Mar durante los meses de abril a junio de 1981 que se destinaron al consumo nacional debido a su escasa calidad.

[21] Un nematicida es un tipo de pesticida utilizado para eliminar lombrices

[22] El Dr. Sánchez-Monge escribió un informe en el mismo sentido a su superior jerárquico, general del ejército, que también lo ignoró. Nadie investigó estos casos ni, lógicamente, nadie fue imputado por negligencia criminal.

[23] Op.Cit. pág. 73

[24] Op.Cit. pág. 75

[25] Poisoned Lives, Yorkshire TV

[26] Op.Cit. pág. 100

[27] Op.Cit. pág. 51

[28] Op.Cit. pág. 51

[29] Poisoned Lives. Yorkshire TV.

[30] Poisoned Lives. Yorkshire TV.

[31] Conviene aclarar que la guerra de Vietnam finalizó oficialmente en 1975 por lo que parece improbable la relación directa que establecía el periódico El País entre estos dos sucesos separados en el tiempo por casi cuatro años.

[32] Fuente: www.planetabenitez.com/IOI/HISTORIAS6.HTM. Esta noticia puede encontrarse “replicada” literalmente en decenas de páginas web.

 

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