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TRAS LA MUERTE CLÍNICA SU ACTIVIDAD ES MAYOR

Las sensaciones narradas por personas que han sobrevivido a un coma o a una muerte clínica, conocidas como experiencias cercanas a la muerte (ECM), se han documentado desde hace décadas y en todo el mundo. Pese a ello, el interés sobre las mismas se ha multiplicado desde la publicación, el pasado otoño, de La prueba del cielo: El viaje de un neurocirujano a la vida después de la vida (Zenith) un libro superventas en el que el doctor Eben Alexander narra su supuesta experiencia en el más allá durante el tiempo que estuvo en coma.

Las ECM son para muchos la prueba fehaciente de que ni estamos solos, ni la muerte es el final de nuestra vida. Pero, para muchos otros –inlcuida la mayor parte de la comunidad científica– no tienen nada que ver con el más allá, una idea que ahora parece confirmarse gracias a un estudio de la Universidad de Michigan, en Estados Unidos. La investigación, publicada hoy en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences, demuestra que, tras la muerte clínica, en la que el corazón deja de latir y la sangre no fluye al cerebro, los mamíferos muestran patrones de actividad cerebral con características de percepción consciente.

“Este estudio, realizado en animales, es el primero en detectar qué ocurre con el estado neurofisiológico cuando el cerebro muere”, explica la autora del mismo, Jimo Borjigin, profesora de Neurología en la Facultad de Medicina de la Universidad de Michigan. “Al demostrar que en las experiencias cercanas a la muerte se da una actividad cerebral bien organizada y que hay características neurofisiológicas consistentes con el proceso consciente, nuestro estudio puede ser la base de futuras investigaciones que expliquen por qué las experiencias relatadas por los supervivientes de experiencias cercanas a la muerte son tan lucidas y parecen tan reales”.

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En la Edad Media, hacia el 775, ya se produjo  una gigantesca tormenta solar

solar stormHace menos de una semana, la NASA advertía de que toneladas de partículas expulsadas por el Sol viajaban por el espacio en dirección a la Tierra como resultado de una erupción solar. Las erupciones solares no son en principio un riesgo para los seres vivos. Para la tecnología moderna, sin embargo, son todo un peligro: la radiación que traen consigo puede interferir con el funcionamiento de los sistemas de telecomunicaciones y de los circuitos eléctricos.

En enero de 2012 tuvo lugar una tormenta solar especialmente fuerte que obligó a desviar la trayectoria de los vuelos que sobrevolaban los polos y que afectó a otros sistemas de comunicaciones y a algunas centrales eléctricas. El efecto fue relativamente leve.

¿Qué ocurriría si la cantidad de radiación inyectada en la Tierra fuese tan descomunal que destrozase la tecnología en la que basamos nuestro día a día? Si algo así ocurriese, sería una catástrofe tecnológica: el tendido eléctrico se fundiría, las centrales arderían, las redes de telefonía dejarían de funcionar, al igual que los satélites e internet. Los sistemas de tratamiento y distribución de agua, las cadenas de producción, el transporte por cualquier vía, la atención médica… Sería raro el sector que no se viese afectado, y el golpe sería tan devastador que podríamos tardar años en recuperarnos. Las consecuencias podrían ser irreversibles.

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