Muchas culturas y civilizaciones de la Antigüedad desaparecieron de forma tan completa que hasta hace poco se ignoraba totalmente su existencia y algunas eran recordadas sólo a través de tradiciones y leyendas, a veces increíbles, que mezclaban sucesos fantásticos y hazañas legendarias.

Piramides de GizehEstas palabras han sido escritas por Ana Maria Vázquez Hoys, Doctora en Historia Antigua y profesora titular de la Universidad Nacional de Educación a Distancia española (UNED), en el inicio de su obra Historia Antigua Universal, un completo y brillante estudio que sirve de libro de texto a los estudiantes de esa asignatura en diversas universidades.

La afirmación que se hace es un reconocimiento explícito de que la Historia, lejos de ser un corpus estático y sin cambios, es algo vivo que evoluciona con el conocimiento que vamos asumiendo de nuestro remoto pasado. El estudio de la historia antigua choca con múltiples obstáculos a la hora de datar con exactitud las fechas y el entorno ambiental en que ocurrieron los hechos.

Desde el mundo académico se afirma con contundencia que la civilización tal y como la entendemos surgió en Mesopotamia hacia el 3500 AC, con la aparición de los sumerios y la invención de la escritura. Antes que eso, nada: grupos tribales más o menos cohesionados que habían aprendido los principios de la agricultura y la domesticación de los animales y que habían pasado, de forma paulatina, de nómadas a sedentarios, cimentando lo que serían las primeras sociedades antiguas. Sin embargo, una aproximación rigurosa y, sobre todo, exhaustiva a los hechos muestra algunas lagunas que la mayoría de los historiadores simplemente ignoran porque contradice abiertamente el complicado entramado de dogmas indiscutibles que ellos mismos han estructurado, a partir de indicios, cuando menos, discutibles ya que contienen una fuerte dosis de interpretación subjetiva.

Cuando los investigadores topan con alguna anomalía que no pueden explicar (y lo cierto es que hay muchas) y que pondría en entredicho teorías largamente elaboradas y que, desengañémonos, son su medio de ganarse la vida, simplemente la ignoran o la entierran bajo el epígrafe de mitos y leyendas. Las pirámides de Gizeh en Egipto, la orientación astronómica de la Esfinge, los viracochas, la alusión repetida y universal a un gran diluvio universal que acabó con civilizaciones enteras, los imposibles mapas portulanos, y un largo etc. son asuntos que molestan a los investigadores ortodoxos, que prefieren calificarlos de fábulas mitológicas antes que inciar un arriesgado estudio de los mismos cuyo final podría comprometer su seriedad… y los fondos con los que a menudo se nutren sus trabajos.

Con esta actitud espuria se ha dejado la investigación en manos de estudiosos sin la adecuada formación (que, si bien en algunos casos son personas bienintencionadas pero poco rigurosas, en otros son auténticos embaucadores, únicamente preocupados por aumentar el saldo de su cuenta corriente) que no han tardado en acudir a teorías que, cuando menos, pueden ser calificadas de exóticas para justificar hechos inexplicados de nuestro remoto pasado y, de paso, sumir al público en una total confusión .

Una cosa parece cierta, pues todo apunta en esa dirección: algo ocurrió en un pasado remoto que, de conocerlo, haría que cambiasemos nuestra concepción de la historia de la humanidad. Y lo cierto es que no acabamos de ponernos de acuerdo en su origen exacto. Desde teorías exógenas hasta hipótesis que reinvindican la existencia de una antigua civilización tecnológicamente avanzadísima, de la que tan solo tendríamos conocimiento a través de las brumas de la tradición oral.

En definitiva, la humanidad tiene en su memoria un tiempo perdido, un tiempo en el que la intervención de un factor externo cambió el curso de una humanidad incipiente.Una nueva disciplina parece devenir en decisiva a la hora de interpretar los hechos: la arqueoastronomía o el estudio de la relación entre sitios arqueológicos y la posición de las estrellas en el firmamento, que puede aportar información reveladora acerca de nuestro pasado más remoto.

Dogmacero pretende ser un medio que, aprovechando las nuevas tecnologías de la información, dé a conocer estas anomalías históricas así como las hipótesis que podrían explicarlas. Desde estas páginas pretendemos aportar un enfoque nuevo al estudio de la Historia, sin las cortapisas propias de los que están sometidos a corrientes y disciplinas académicas. Invitamos a quienes tengan algo que aportar a que lo hagan con rigor y valentía pues sus opiniones serán bien recibidas.

David Alvarez