Civilizaciones desaparecidas y mensajes subliminales: The Silurian Hypothesis

Machu Pichu: la ciudad perdida de los Incas

Por Xavier Bartlett

Todos los aficionados a la arqueología alternativa saben que uno de los caballos de batalla más firmes de sus tesis heréticas es el tema de las civilizaciones desaparecidas (una o varias), argumento que tal vez permitiría entender algunas cosas que aún hoy en día resultan oscuras o confusas desde el punto de vista arqueológico. Para resumir, podríamos decir que hay dos enfoques principales sobre esta cuestión. Por un lado, están los que abogan por una civilización que data de hace unas decenas de miles de años –encarnada principalmente en el mito de la Atlántida– y que resultó destruida por un enorme cataclismo hace unos 12.000 años, como ya expuse en el artículo reciente sobre catastrofismo. Por otro lado, están los que adoptan una perspectiva de historia cíclica y que creen que ha habido varias humanidades que han nacido, prosperado y desaparecido en ciclos de tiempo muy extensos, llegando incluso a varios millones de años, tal como afirma la tradición védica hindú, y que ha tenido eco en autores occidentales tan conocidos como Michael Cremo.

Por lo demás, tampoco hay una idea muy definida de cómo podrían haber sido esas humanidades pasadas e ignotas. En algunos casos, recogidos por Cremo, se habla de presencia de restos de Homo sapiens (u homínidos anatómicamente modernos) con antigüedades de hace algunos millones de años, pero sin estar claramente asociados a una cultura material determinada. Más bien parece que esos hipotéticos hombres de eras remotas vivirían o bien en una supuesta Edad de Piedra o bien en un estadio de civilización primitivo. No obstante, algunos supuestos objetos sofisticados o avanzados de incierta datación –los famosos ooparts– empujarían a pensar que los humanos de esos tiempos tenían una civilización tecnológica similar a la nuestra o incluso más adelantada. En esta misma línea también cabe mencionar las visiones del psíquico americano Edgar Cayce en las que hablaba de tecnología de cristales y otros poderes que no estarían al alcance de la humanidad actual. Este tipo de especulaciones de algún modo enlazaría con el viejo debate sobre los prodigios de algunas obras megalíticas, asunto polémico que he abordado frecuentemente en este blog (https://laotracaradelpasado.blogspot.com)

Vista panorámica de la meseta de Gizeh, Egipto

Asimismo, he dejado claro que el estamento académico se ha mostrado tradicionalmente reticente –por no decir hostil– ante esta clase de propuestas. La historia ortodoxa sólo contempla un único escenario evolucionista, fundamentado en datos geológicos, biológicos y paleontológicos, según el cual los homínidos aparecieron por obra y gracia de la evolución por selección natural hace unos cuantos millones de años y acabaron derivando en una serie de especies humanas (o humanoides), que condujeron a la aparición y posterior supervivencia de una especie humana más avanzada y adaptada: el Homo sapiens, o sea, nosotros. Las demás ramas humanas acabaron por desaparecer por los propios procesos de competencia natural y el sapiens se quedó solo hace unos 30.000 años, cuando perecieron los últimos neandertales. Y por supuesto, en este marco lineal no cabe hablar de ninguna civilización remota. Para la ortodoxia, sólo hubo una larguísima Edad de Piedra que finalizó con el Neolítico (etapa de salto hacia la producción de recursos en detrimento de la caza y la recolección), que a su vez dio paso a las primeras civilizaciones hace unos 5.000 años.

En este clásico contexto de negación de civilizaciones desaparecidas por parte de la ciencia académica, he quedado sorprendido por las recientes noticias que han aparecido en numerosos medios de comunicación acerca de una investigación de tipo físico, químico y geológico que pretende abrir una inesperada puerta a una civilización perdida no hace miles de años… sino millones. En efecto, en el artículo titulado Was There a Civilization On Earth Before Humans? (1) (“¿Hubo una civilización sobre la Tierra antes de los humanos?”) los científicos norteamericanos Adam Franck (astrofísico de la Universidad de Rochester) y Gavin Schmidt (director del GISS [2]) realizan una serie de planteamientos teóricos no muy habituales –y aparentemente muy audaces– sostenidos por determinadas observaciones de tipo geológico y medioambiental. Paso pues a comentar este documento, adjuntado al final unas breves reflexiones sobre su validez e intención.

En primer lugar, empero, cabe resaltar que resulta un poco desconcertante el título de artículo pues pretende suponer que hubo una civilización antes de los humanos, lo cual nos empuja a pensar que o bien tal civilización surgió a partir de otra clase de seres terrícolas o bien fue obra de alienígenas. Desde luego, esto es algo que podríamos considerar un patinazo o resbalón del lenguaje, pero me pregunto si no se hizo para no violentar el paradigma evolucionista sobre el origen del hombre. Lo que parece claro es que, si dejamos a los extraterrestres en su limbo científico, lo lógico sería pensar que dicha civilización sería fruto de humanos al menos parecidos a nosotros. Así pues, creo que no hubiera sido ningún problema poner “una civilización (o humanidad) precedente” o algo similar, pero dejémoslo ahí.

Recreación de la mítica ciudad de la Atlantida

Si nos centramos en el trabajo de estos científicos, afirman que su investigación, que ellos han bautizado como “hipótesis siluriana” (3), nació de la pregunta retórica acerca de si podían haber existido civilizaciones muy anteriores en el tiempo a la nuestra y –si así fuera– cómo podríamos llegar a saberlo, o al menos a tener algún tipo de indicio, teniendo en cuenta la probabilidad, por escasa que sea, de que en 4.500 millones de antigüedad del planeta podría haber tenido lugar un proceso de civilización del cual no fuéramos conscientes. No obstante, Franck y Schmidt inciden en el hecho de una civilización muy remota podría haber desaparecido sin dejar rastro material apreciable, aunque hubiera erigido grandes ciudades y obras, aparte de la muy difícil localización de restos orgánicos, pues la fosilización de dichos restos es en realidad un proceso bastante extraordinario en la naturaleza. Por la propia experiencia terrestre, se podría esperar encontrar tal vez algunos restos esporádicos de hace unos pocos miles de años, pero con toda seguridad no de millones de años. Eso implica que, aunque una civilización altamente desarrollada hubiera pervivido muchos miles de años, no necesariamente dejaría los rastros “habituales” que persiguen los arqueólogos.

En realidad, su estudio tiende más bien a plantear el descubrimiento en otros mundos de una exo-civilización esto es, una civilización originaria de algún planeta del Universo que en el futuro pudiera ser identificada por sus restos. En todo caso, el punto de partida o condición sine qua non es que tal civilización debería haber sido altamente desarrollada, semejante a nuestra modernidad industrial. Así pues, la hipótesis tiene como base metodológica la comparación de ese mundo perdido con la actual etapa de crecimiento industrial de la Humanidad llamada convencionalmente Antropoceno. Desde esta perspectiva, lo que los autores tratan de buscar es una serie de marcas o indicadores en el registro geológico –similares a los que dejaría sobre el terreno una sociedad industrial como la nuestra– que pudieran señalar la inequívoca presencia de una sociedad avanzada hace millones de años.

Ahora bien, ¿sería sencillo identificar las trazas de una civilización de hace millones de años? Los autores constatan que el registro geológico es bastante limitado, pues en la Tierra sólo se puede acceder a superficies terrestres del Cuaternario, siendo la más antigua conocida de hace 1,8 millones de años (situada en el desierto del Negev, al sur de Israel). Para estudiar restos más antiguos se ha de recurrir a acantilados o cortes en la roca. La solución a este problema de “detección” surge de la investigación climática, o dicho de otro modo, del impacto físico-químico sobre la naturaleza que ha dejado el desarrollo industrial en los siglos recientes.

Aquí llegamos al núcleo duro de la teoría. Los autores creen que, a falta de restos materiales convencionales, se podría explorar la hipotética huella industrial dejada sobre el paisaje en un amplio marco de tiempo que abarcara muchos millones de años. Para realizar este ejercicio teórico, se recurre a la extrapolación de la actual situación del planeta Tierra, con una civilización que ha ido dejando rastros derivados de su creciente actividad industrial. Así, cabe esperar que el actual recurso generalizado a determinados productos y a prácticas industriales deje en la naturaleza una impronta duradera, sobre todo en forma de sedimentos, en los cuales sería factible identificar unos indicadores de “extraños equilibrios químicos”.

Los autores citan, por ejemplo, el caso de los fertilizantes (necesarios para la producción agrícola a gran escala), que dejarían un rastro de grandes cantidades de nitrógeno, que se acabaría depositando en los sedimentos de nuestra era. Asimismo, está el caso de ciertos productos de uso muy extendido que datan del siglo pasado, como los plásticos, que según varios estudios se están depositando de forma masiva en el fondo de los mares, creando una capa geológica que podría perdurar durante enormes periodos de tiempo. En este mismo plano, también cabría citar otros productos químicos contaminantes e isótopos radioactivos que se depositan sobre la superficie terrestre y que tienen larguísimos periodos de degradación.

La quema de combustibles fósciles debería dejar rastro de una antigua civilización desaparecida

Por otro lado, tenemos el asunto de la quema de combustibles fósiles (básicamente petróleo y carbón). Según la hipótesis siluriana, el carbono liberado a la atmósfera dejaría indicadores en forma de ciertos isótopos, de igual modo que los aumentos significativos de temperatura. Con este escenario, un científico del futuro se podría encontrar en sus análisis químicos determinados picos de nitrógeno, nanopartículas de plástico o incluso esteroides sintéticos. Y por lógica, si encontrásemos estas trazas en estratos geológicos de enorme antigüedad podríamos especular con la desaparición, hace millones de años, de una civilización industrial similar a la nuestra.

Sin embargo, no es conveniente ir tan deprisa. Los propios autores hacen referencia a un periodo llamado PETM (Paleocene-Eocene Thermal Maximum, “Máximo térmico del Paleoceno-Eoceno”) de hace unos 45 millones de años en los que la temperatura ascendió de forma notable y en que la Tierra estaba casi libre de hielos. En este caso del PETM, los análisis químicos también muestran picos de isótopos de carbono y oxígeno, que podrían ser muy similares a los de nuestro actual Antropoceno, sin que ello suponga forzosamente pensar en una civilización, pues la liberación del carbono y el oxígeno podría haberse dado en una escala temporal muchísimo mayor que los recientes 300 años. De hecho, es bien sabido que a concentración de CO2 en la atmósfera ha sido variable a través de las eras geológicas y que en otras épocas fue mucho mayor que en la actualidad (4). Sobre el origen de estas alteraciones naturales, tampoco hay demasiadas certezas, si bien se apela frecuentemente a desastres naturales, erupciones volcánicas, eventos cósmicos, etc.

En suma, los autores vienen a concluir en la idea de que sería muy complicado detectar con plena fiabilidad la presencia de una civilización avanzada semejante a la nuestra y que podría darse el riesgo de confundir factores naturales con factores humanos. No obstante, la validez de esta hipótesis radicaría en la concienciación de lo que supone el impacto de una civilización industrial sobre el medio ambiente, en términos de cambio climático y autodestrucción o colapso de la propia civilización. Así pues, en términos de supervivencia de una civilización sería aconsejable renunciar a las energías que producen un fuerte impacto sobre la naturaleza y adoptar otras energías sostenibles, que sin duda dejarían una ínfima huella sobre el terreno… ¡y dificultarían pues la detección de carácter físico-químico! Franck y Schmidt lo expresan de forma muy clara en la siguiente afirmación:

“Una vez que te das cuenta, a través del cambio climático, de la necesidad de hallar fuentes de energía de bajo impacto, menos impacto dejarás. Por tanto, cuanto más sostenible se haga tu civilización, menor será la señal que dejará para las futuras generaciones.”

Los residuos plásticos de una civilización tecnologica perdurarian tras su desaparición

Acabáramos. Esta propuesta no va realmente de arqueología especulativa, sino que constituye un sutil mensaje subliminal del alarmismo climático. En efecto, ahí tenemos el repetido mantra de la supuesta peligrosidad de los combustibles fósiles y la muy reciente cruzada contra los plásticos. El mensaje es claro: una civilización basada en un desarrollo industrial como el nuestro está condenada a la desaparición. Que podamos detectarla de aquí a miles o millones de años, eso ya es otra cosa… En fin, para no extendernos demasiado e irnos por otros derroteros, basta decir que la teoría del calentamiento global antropogénico carece totalmente de fundamento científico, como han demostrado con hechos y datos cientos de expertos reconocidos e imparciales (5). Pero aun dejando a un lado la polémica sobre el cambio climático, podemos ver que la hipótesis siluriana aporta muy poco a los estudios serios sobre una hipotética civilización desaparecida, e incluso sobre el futuro de nuestra civilización.

Para empezar, como ya se ha recalcado, ni los proponentes de esta hipótesis tienen claro cómo se podría discriminar con precisión el sentido de los indicadores “irregulares” hallados en los análisis químicos. Al no haber seguridad sobre el origen de esos picos de determinados elementos ya mencionados, sería muy complicado determinar si hubo vida inteligente aquí o en otro planeta sin disponer de otros elementos de contraste. En cualquier caso, también cabe la posibilidad de que los indicadores que maneja esta hipótesis estén presentes hasta un determinado tiempo y luego desaparezcan del registro geológico o sean tan leves que no permitan aportar ninguna información fiable.

Asimismo, podemos apreciar un grave sesgo, reconocido por los propios autores, que es suponer que una civilización desarrollada tuvo que pasar por una etapa industrial similar a la nuestra, ya sea en nuestro planeta o en cualquier otro. Incluso si aceptamos que esa civilización alcanzó una fase industrial, no se puede saber qué tipo de industria iba a desarrollar ni con qué fuentes de energía, y si en caso de producir cierta contaminación no hubiera hallado un remedio eficaz contra ésta. Del mismo modo es imposible saber cómo evolucionará nuestra civilización, pues todos los presagios catastrofistas están plagados de sesgos, manipulaciones y mentiras, por no hablar del propio riesgo de hacer predicciones basándose en simples proyecciones estadísticas o matemáticas. Hay muchos escenarios posibles a partir de nuestra actual situación y que no necesariamente han de acabar en la deposición y consolidación de residuos –ya sean contaminantes o no– durante millones de años. Ahora es pertinente recordar que la geología contiene una buena parte de especulación, pues por ejemplo las propias dataciones radiométricas (sobre elementos radioactivos) están basadas en proyecciones matemáticas y suposiciones sobre la inalterabilidad de ciertos procesos, aparte de los importantes márgenes de error propios de la metodología (6).

Aún así, y aunque admitamos la bondad de los argumentos de estos científicos, también podríamos considerar que es un sesgo afirmar que una civilización fue destruida por su propia contaminación o por haber provocado un “cambio climático”. Podría haber sobrevivido a un gran desastre ecológico –debido a causas naturales o bien a causas antrópicas– o de cualquier otra clase y luego desaparecer por otros motivos completamente distintos. Las civilizaciones antiguas, por ejemplo, ya no están entre nosotros porque sucumbieron a procesos internos o externos de desintegración o evolución, y en ningún caso podemos hablar de un “desastre industrial”. A lo mejor nuestro mundo podría perecer a causa del impacto de un asteroide enorme, o de una guerra nuclear masiva, o de un virus maligno o de los efectos de la contaminación electromagnética (de la que casi nadie habla). Todas las hipótesis están abiertas. Nada es eterno ni seguro.

Lo que sí me parece interesante para concluir esta reflexión es el común prejuicio que tenemos sobre el término “civilización”, en particular cuando lo identificamos con armonía, desarrollo o progreso. Esto es más evidente por cuanto nos quieren hacer creer que el problema de nuestra moderna civilización son las toneladas de residuos y contaminantes de todo tipo, mientras que nadie parece hacer caso a las invisibles toneladas de miedo y odio que se van acumulando de forma exponencial en todos los ámbitos de la sociedad humana.

Para varios arqueólogos alternativos, entre los que podemos a destacar a John Anthony West o Graham Hancock, algunas de las civilizaciones más antiguas que nos precedieron no se parecían en casi nada a la nuestra porque no estaban orientadas al materialismo (nuestro caso) sino a la espiritualidad, como se aprecia especialmente en el caso de la civilización egipcia, tal vez heredera de una civilización ignota superior a nuestro mundo occidental en muchos aspectos. Me quedo con las siguientes palabras de J. A. West, tomadas de su imprescindible libro “La serpiente celeste”:

“Por civilización entiendo una sociedad organizada sobre la convicción de que la humanidad está en la Tierra con un propósito. En una civilización, los hombres están más preocupados por la vida interior que por las condiciones de la existencia cotidiana.”

© Xavier Bartlett 2018

Xavier Barlett es licenciado en Historia y Arqueologia por la Universidad de Barcelona. Escritor y conferenciante, es autor del libro “La Histroria Imperfecta” (Ediciones Obelisco)

Fuente: https://laotracaradelpasado.blogspot.com/2018/05/civilizaciones-desaparecidas-y-mensajes.html

 


Notas:

1.- Fuente. https://www.theatlantic.com/science/archive/2018/04/are-we-earths-only-civilization/557180/

2.- Goddard Institute for Space Studies (organismo de la NASA orientado a estudios climáticos)

3.- Nombre inspirado en un episodio de la famosa serie de ciencia-ficción Doctor Who, según el cual la Tierra habría estado habitada por humanoides inteligentes de aspecto reptiloide o “siluriano” (¿a qué me recuerda esto?) en el contexto de una sociedad científicamente adelantada.

4.- Por ejemplo, los estudios paleoclimáticos asignan a la era de los dinosaurios un nivel de CO2 atmosférico de hasta 12 veces superior al actual.

5.- Véase mi artículo específico al respecto en mi otro blog:
La omnipresente (y siniestra) religión ecologista

6.-Básicamente, las tres grandes fuentes de error de la datación radiométrica son: 1) las imprecisiones sobre el conocimiento de los periodos de desintegración de los átomos, 2) el carácter estadístico del proceso, y 3) los errores propios de la metodología empleada.

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